domingo, 20 de diciembre de 2009

DESPUÉS DE OJO FYB


PROGRAMA OJO FYB: Traducción del andalacio al castellano universal de la famosa conferencia del principio del tercer milenio FYB, del profesor A. J. De la Rue, sobre la tarea de la Historia del cómputo anterior a FYB. Antigüedad del archivo: 17 567 años.

CONFERENCIA:“La tarea de la Historia del cómputo anterior a FYB es reproducir con los medios que hemos podido recuperar, a día de hoy, lo que el OJO de FYB haría respecto al pasado sin tener acceso a sus datos visuales. Hemos podido averiguar que, a mediados, del siglo XX del segundo periodo del primer cómputo, tuvo lugar la Primera Guerra Total que involucró la humanidad en todos los territorios del planeta originario de la misma y a todas las colonias fuera de él. Suponemos que la tecnología de la época no permitía el emplazamiento de colonias a otros planetas. Lamentablemente, de ese planeta poco queda hoy… Tuvo que ser el tercer planeta del sistema solar y con toda probabilidad tenía un pequeño satélite que lo iluminaba de noche. Desapareció el que podría haber sido un lugar idóneo para una arqueología que pudiera iluminar el pasado y no disponiendo aun de la tecnología suficiente para reconstruir el OJO de FYB, lo primero que se impone a una Historia del cómputo anterior a FYB sería hacer un balance de los recursos que realmente podemos usar y de sus limitaciones. Todo ello a la espera de los nuevos hallazgos que puedan sobrevenir en el futuro.
El gran escollo de toda historia anterior al OJO de FYB es el periodo en blanco, después de la 7ª Guerra Total y la mutación que sufrió la especie humana tras la misma. Por tanto la primera pregunta que debemos hacernos es cómo era el ser humano antes de ese periodo en blanco. Lo estamos intentando reproducir en laboratorio, pero la genética… o más bien: los restos de la genética anterior que hemos podido reconstruir, aún no nos permiten asegurar que los resultados obtenidos sean fieles a lo que buscamos obtener. Tenemos actualmente, un experimento en marta en un planeta de condiciones muy parecidas al originario, pero eso no asegura nada. La especie humana cultivada allí es parecida a las imágenes que hemos podido conservar de la originaria y hemos procurado condicionar un desarrollo histórico que se asemeje a los datos que tenemos de la Historia del cómputo anterior a FYB. Sin embargo, no deja de ser un experimento aproximativo. Nada nos asegura que los códigos de lenguaje desarrollados en el experimento se correspondan con los códigos de lenguaje que se usaban originariamente, en condiciones libres. Lo evidente es que los datos obtenidos hasta ahora no han permitido acceder a los contenidos de los restos de comunicación de origen de la humanidad en condiciones libres…”
“Por eso es muy importante, para nosotros tener unos pocos datos claros, recordémoslos. El 9 de abril del año 7011, la Fing y Bernard ultimó (o consiguió convencer de ello al mundo originario y las colonias exteriores) los detalles técnicos de funcionamiento ingenio. Ese fue el principio del fin… El difícil equilibrio entre las 23 culturas globales, capaces de comprarlo, se rompió debido a la voluntad de acceder a la información de el OJO en exclusiva para sus propios intereses. Aunque el OJO no permitía modificar el pasado: permitía verlo. Incluso se llegó a decir que permitía ver el futuro y como no: la totalidad del presente. Los que no pertenecían a ninguna de las 44 culturas globales de cierta consideración, nunca llegaron a entender por qué demonios era tan importante ver lo que realmente había acontecido en la historia de la humanidad. Menos aún entendieron la decisión de las culturas que perdieron la batalla de los derechos en exclusiva a los datos del OJO FYB. Se ellos no podían acceder no permitirían que nadie pudiera tener acceso a esa información, absolutamente nueva, en la historia de la humanidad originaria.
La 7ª Guerra Total y la primera que involucró las colonias exteriores acabó con toda la tecnología acumulada a lo largo de miles de años y con dos terceras partes de la humanidad. Las secuelas en los supervivientes provocaron el final de la especie humana tal y como se había conocido hasta entonces. Se perdió el cómputo de los años y cuando hubo, al fin, una generación capaz de volver a razonar y regir su destino, tal y como se hacía, antes del 9 de abril del 7011 antes del OJO FYB, ya no se supo cómo enlazar con aquel antiguo computo, ni cuál fue su origen. Esta última, es una cuestión muy interesante, en la quiero hacer algunas especificaciones a continuación.
Al parecer hubo un momento 0 desde el cual se llegó al 7011 global, en el que ocurrieron estos hechos que hemos relatado hasta ahora. A los años anteriores a ese momento 0 se les daba nombre con las siglas “A. C.”; y, a los años posteriores, correspondían las siglas “D.C.”. Nadie ha averiguado nunca lo que significa la incógnita “C” que se repite en ambas nomenclaturas, ni qué tipo de hecho histórico dio origen a reiniciar el computo entonces.


Por lo que sabemos hasta ahora: no hubo Guerra Total, la primera de la que tenemos constancia se desarrolló durante el siglo XX del primer cómputo y no obligó a cambiar nada. Apenas hubo 60 millones de muertos. No hay constancia de nada parecido en las fechas aproximadas al momento 0: ni aniquilamiento, ni años en blanco, ni cambios en la especie humana… ¿Qué sentido tenían entonces, para los hombres y mujeres de la época, las siglas “A.C.-D.C.”? Tuvo que ser algo importante pues cambiaron el computo de la historia. Cierto que, al parecer, había otros cómputos, pero el que prevaleció fue este en el 7011 ¿Por qué decidieron reiniciar el computo en un momento dado de la historia? Para mí esta es la principal incógnita de la Historia del cómputo anterior a FYB…”

PONENTE: Profesor Anderson Jacinto De la Rue. Fragmentos de su ponencia en Andalacia, ante un auditorio de más de 20 mil historiadores, hace 17 567 años, 243 días, 14 horas, 54 segundos y 23 milésimas.


Texto: José Martínez Sánchez

Ilustración: vicentedamián



domingo, 1 de noviembre de 2009

Kane Loethe

El Doncella de Hierro corría, no, volaba, sobre las olas de las Islas Ahorcadas, persiguiendo a una carabela que se mostraba ya bien visible. En ese momento, una figura apareció sobre la cubierta mientras el vigía gritaba:
- ¡Kane, la tenemos a 500m!
Exacto, el hombre de cubierta era Kane Loethe, el pirata de ojos glaucos, que destilaba odio por la mirada, pero también, si era necesario, por cualquier arma de su arsenal. Este hombre, llamado demonio por toda la gente del Mar Interior y el Reino de Plata, era, sin embargo, querido por sus camaradas, gritó:
¡Zafarrancho de combate! ¡Preparad las barricadas a ambas bandas! ¡Cien granadas de mano a los gavieros! ¡Culebrinas a cubierta!
En ese momento, todo fue agitación en el barco pirata, se colocaron pequeñas bocas de fuego a ambos lados, cubiertos por maderos, restos de toneles, lonas mojadas, y todo lo que pudiera bloquear el paso de los marineros del barco enemigo, pero, en ese momento, el vigía alertó:
¡Un galeón, a la izquierda, por los pasos!
Kane gritó:
¡Desplegad las alas! ¡Fuego a la izquierda! ¡Virad! ¡Desplegad mi bandera! ¡Desarbolad la carabela!
Los cañones del Doncella de Hierro dispararon sobre el galeón, que se acercaba por los pasos entre Isabela y San Marcos. El barco pirata se acercó al maltrecho galeón, abordándolo sin que se diera cuenta, mientras Kane gritaba:
¡Fuego de mosquetería!
Los marineros del Doncella de Hierro asaltaron el galeón. Después, tras quitarle el botín, y asaltar también la carabela y hundirla en el fondo del mar, llevaron el galeón a su ciudad, en la Isla del Sable.
Esa tarde, los marineros de Kane llegaron a la Isla: vendieron el galeón y dividieron el botín entre los marineros. El jefe de artilleros
se dirigió a los almacenes de munición. Entre tanto, Kane se fue a hablar con su viejo amigo Fígaro. Atravesó la ciudad, para llegar a la casa, que era una construcción indígena. Cuando llegó, lo vio.
Desde lejos, y para alguien que no le conociese, Fígaro parecía un agradable alemán que no había empuñado una espada, y no el sanguinario corsario del Sable.
Su barco, el Bailarín Demoníaco, era igual, ya que parecía un mercante, pero llevaba escondidos en las tres bodegas casi 80 cañones para destrozar lo que se acercase.
Encontró a su amigo sentado en una mesa, con la compañía de dos mujeres con jarras de ron en las manos. Una era Morgana, una pirata emprendedora poseedora de dos barcos y temida en el Reino de Plata; amiga y deudora de Fígaro, que la usaba para costearse y tener apoyo en sus incursiones.
Otra era una pirata de su tripulación, de ojos negros, piel dorada, pelo corto, de un color marrón claro, tenía un mosquete al hombro y un sable en la cintura; Morgana le dijo:
¡Ah! Kane, esta es Caris, la capitana del Verdugo de la Luna, mi segundo barco, pero háblanos de ti, creo que es la primera vez que la ves, pero parece que traes noticias. ¿Qué quieres?
- Vamos a asaltar Tudmir, en el Mar Interior, preparad la expedición, botín equitativo.
- Por mí, de acuerdo, pero vamos a tener que conseguir algunos barcos más - dijo Fígaro.
- De eso me encargo yo, y cuenta con mis dos barcos, Kane. - dijo Morgana.
- Eso es discutible, jefa. - dijo Caris.
- Harás lo que yo te diga. - le respondió Morgana.
- Pero el barco es mío.
- Te lo llevarás al volver al Sable desde Tudmir, y no antes.
¿O lo discutimos espada en mano? - dijo Morgana mientras desenvainaba su acero.
- De acuerdo, jefa, el barco será mío al terminar la misión.
- Nos vemos en el muelle, Kane. - dijo Morgana dando por terminada la conversación.
Ella y Caris se fueron hacia el muelle para preparar la expedición, dejando las jarras, mientras Fígaro y Kane se quedaban en la casa. Fígaro le preguntó:
- ¿Ha vuelto Robert?
- Sí, envía galeones por las Ahorcadas para frenar nuestros asaltos a las rutas comerciales, quiere exterminar a los piratas del Sable - respondió Kane.
- Hablaré con Antoine de le Seine, preparará a la flota, les daremos un sustito, y así haremos que las flotas del Mar Interior, el Fuerte del Río y el Reino de Plata se desplacen, y dejaremos Tudmir libre para asaltarlo.
- No creo, Robert mantendrá al Segador y una flota a la defensa de la niña de sus ojos.
- Bueno, entonces el Doncella de Hierro podrá medirse al fin con el Segador.
- No tenemos barcos suficientes, casi preferiría posponerla. - dijo Kane con gesto ceñudo - Creía tener más apoyo en la ciudad.
- ¡Y lo tienes, amigo mío! ¡Déjame una noche en las tabernas de la ciudad, y mañana tendrás veinte barcos, mas otra flota de sesenta y cinco bajeles para mantener ocupados a los soldados de la Alianza de los Mares, asaltando las Islas Ahorcadas una por una. - dijo Fígaro golpeando la mesa con su jarra de ron.
- De acuerdo, pero rebaja algunos barcos, que si no, no habrá apenas botín. Mientras, yo iré a reclutar gente. Voy a sacar a flote de nuevo al Faraón. - dijo Kane.
- ¡El Faraón! ¡Entonces vas en serio! Fue tu primer navío, cuando todavía no eras el terror de las Ahorcadas.
- Lo sé, el Segador se encontrará con un viejo amigo, pondré a Johans Van Possel, mi segundo de a bordo, al mando. Es un hombre competente, y los hombres le obedecen como si fuera yo mismo.
- Eso es tu decisión, amigo mío, pero permíteme preguntarte: ¿a quién reclutarás?
- A gente de las tabernas, todo el mundo querrá navegar después de lo que propongo, e intentaré conseguir alguna tropa de élite... - dijo Kane, dejando la frase a medio, como que no quería continuar hablando, cosa que Fígaro captó al instante, respondiendo:
- Bueno, hemos perdido demasiado el tiempo ya; mañana, con el disparo de cañón, partiremos al asalto. Les apoyaremos por un par de días, mientras que las flotas salen del Mar Interior.
- De acuerdo. Hasta mañana.
Al día siguiente, se oyó un disparo de cañón que retumbó en la Isla del Sable. Mientras, miles de piratas se apresuraban a avituallar a sus barcos para el asalto a las Ahorcadas; puesto que la noticia de que el Mar Interior intentaba exterminar a los piratas del Sable, prestando barcos a las rutas comercfiales, había corrido como la pólvora.
Había cerca de noventa naves preparadas para zarpar, y otras treinta acercándose a los muelles por mar. Kane apareció en el muelle, montado en un bergantín de tres palos que hizo rememorar tiempos pasados a muchos de los capitanes. Y otra noticia corrió por los muelles del Sable: que Kane Loethe, el Terror de las Ahorcadas, había desempolvado su segundo barco, el Faraón.
Kane se dirigió al embarcadero, cerca del Doncella de Hierro. Allí, se apresuraron a cargarlo de municiones, trozos de madera y lonas para reparaciones rápidas; y todo lo necesario para la expedición a Tudmir. Al mismo tiempo, desembarcaron treinta y cinco arachés, una tribu de nativos resultante de una vieja unión de otras dos tribus, los arakunes y los acheseres. Los arakunes eran fornidos, cargaban arcos cortos y espadas
de hierro, con armaduras de cuero y yelmos. Los acheseres eran altos y veloces, con gran vista; portaban armaduras de algodón, arcos largos o cerbatanas, y portaban falcatas, espadas cortas curvas, y katars, dagas largas con una empuñadura abierta de madera. El jefe era un mestizo, alto y fornido; con un arco largo y una espada de acero, y una falcata pequeña a la cintura, ujn yelmo y una armadura de cuero y algodón.
Los arachés subieron al Doncella de Hierro, mientras los marineros se repartían en los dos barcos, uno de los marineros dijo:
- Jefe, nos faltan gavieros, no hay suficientes para los dos barcos.
- Los arachés se pasan la vida en los bosques, saben trepar, enseñadles lo básico y subidlos a los mástiles, y decidle al jefe que le necesito a él y a cuatro de sus hombres como guardia peronal, el resto, a mi barco. Sólo los marineros a los que no les interes compartir navío con los arachés pueden hacer dos cosas: subir al Faraón hasta que este esté lleno o quedarse en tierra. - respondió Kane.
- De acuerdo, jefe.
Dos horas después, tras el arreglo de las tripulaciones y el avituallmiento, sonó otro disparo de cañón que daba salida a la flota pirata del Sable.
Después de treinta y cinco millas, la flota de Kane Loethe se separó del convoy, eran en total diez barcos.
El Doncella de Hierro iba en cabeza, con el Faraón en la cola y el Verdugo de la Luna y el Neptuno, de Morgana, a los flancos. Terminaban el convoy el Bailarín Demoníaco, de Fígaro, y otros cinco barcos de distintos capitanes en busca de fortuna segura y alejada de los riesgos de la flota de asalto a las Ahorcadas, que no servía sino de celada para el asalto de Tudmir.
Tras cuatro días de navegación, la flota cambió sus pabellones por los del Reino de Plata. También cambió los nombres a los barcos, gracias a placas falsas. Fingirían ser una flota en busca de apoyo para el Reino de Plata. De esa guisa, llegaron de noche a Tudmir, quedándose dentro del puerto por muy poco y junto a los muros exteriores, lo que les garantizaba seguridad para desembarcar.
Kane y sus hombres bajaron del navío, y los arachés formaron un rombo defensivo en torno a Kane, que tenía desenvainadas unas cuchillas enormes. Estas le cubrían los lados del brazo, terminando en punta. Completaban el atuendo algunas pistolas y una armadura de cuero y malla de hierro, junto a dos puñales y un estoque, por si las cuchillas fallaban.

Asimismo, Morgana y Fígaro desembarcaron y llevaron a sus hombres por todo el puerto sin disparar una carga de pólvora, que sólo sería usada en caso extremo.
Tras un avance silencioso por la ciudad, los piratas se encontraron en palacio, tras eliminar a toda su guarnición, salvo la destinada a la salvaguarda del gobernador.
Los piratas treparon por las murallas, eliminando la posible resistencia en lugares altos. Los achereses eliminaron a la guardia de las murallas. Después, Fígaro se llevó a su tripulación sobre el jardín.
Morgana le proporcionó cobertura con unas ballestas que su tripulación había encontrado junto a un cuartel. Entre tanto, Caris se adentraba en la casa y Kane corría hacia su parte trasera, seguido sólo de los arachés.
Van Possel se había llevado a su tripulación y a la del Doncella de Hierro hacia la ciudad, para defenderla.
Aseguraron los muelles y encendieron las almenaras de socorro, ya que Kane les había avisado de que lucharía con el Segador aunque fuera lo último que hiciera en vida.
En palacio, el gobernador veía asombrado cómo su guardia de élite perdía posiciones dentro de la casa, ya que unos piratas y unos indígenas les destrozaban en combate abierto. Kane, que se encontraba luchando, ordenó por primera vez desde el inicio del asalto un disparo de los mosquetes, así como la retirada de Morgana y Fígaro con sus hombres para asegurar la ciudad.
Caris se quedó, mientras sus hombres disparaban sin tregua sobre las barricadas y las puertas cerradas tras las que los hombres de Robert Black, gobernador de Tudmir y Señor del Mar Interior, se refugiaban.
Finalmente, y tras la puerta del despacho, los hombres de Robert se unieron a su señor, que había desenvainado su estoque. La puerta del despacho era más resistente, pero no por ello sus hombres dejaron de reforzarla y de colocar una barricada detrás.
Kane cogió a su guardia personal, dejando al resto de arachés al mando de Caris, que ordenó continuar el ataque con furias renovadas, y se dirigió fuera de la mansión.
- A ver si Kane soluciona ya el problema, no sé si podremos aguantar mucho más.
Esto pensó Caris tras veinte minutos de asalto, ya que la pared del estudio tenía agujeros por los que los hombres de Robert disparaban sin peligro.
Los piratas caían por balas despistadas, y la puerta no se dejaba destrozar por el ariete improvisado hecho con una columna decorativa. En ese momento, Caris pensó:
- ¿Por qué no la hacemos estallar?
Ordenó a los piratas cercanos que vaciaran sus cargas de pólvora en una caja de música cercana, y que improvisaran una pequeña bomba. Asimismo, ordenó que dejaran de usar el ariete y que se refugiaran detrás de las mesas, sillas y demás elementos que habían usado como pantalla contra las balas.
Enseguida, vio cómo un pirata se acercaba hacia la puerta y que sus compañeros hacían una cobertura con una mesa redonda. El pirata dejó la caja de música junto a la puerta y encendió una mecha que habían conseguido añadir. Colocó otra carga de pólvora encima.
Después, él y sus compañeros salieron de la zona de la puerta con la mesa y se colocaron junto al resto de los piratas. Esperaron, pero las alfombras impidieron que la mecha, llegado a un punto, continuara encendida.
Un arakune lanzó una flecha con la punta en llamas hacia los depósitos de pólvora, haciéndolos estallar en pedazos.
Los piratas entraron en el despacho como una exhalación. Lejos los mosquetes, ahora empuñaban sables, pero fueron repelidos duramente por salvas de mosquetería provenientes de las tropas de élite, que se enfrentaron a ellos duramente.
Seis sombras entraron por las dobles vidrieras del fondo del despacho.
Kane y sus arachés entraron por las vidrieras, cayendo sobre las tropas de élite. Robert, sin embargo, se escapó por las mismas vidrieras, cayendo al jardín. Kane saltó detrás de él, pero Robert ya escapaba por otra puerta directo a los muelles, montado a caballo. Kane cogió otro caballo y le persiguió, sólo para ver cómo Robert, tras burlar a las patrullas de la ciudad y el puerto, montaba en el Segador, que llegaba en ese momento alertado por las almenaras. Kane sonrió, corrió a palacio y ordenó a su tripulación que prepararan el Doncella de Hierro.
Kane vio finalmente, tras tres horas de navegación, cómo el Segador se introducía en una flota de naves mercantes, con dirección a la isla interior de Lurtalla, y a la ciudad de Bajbal.
Kane dijo al segundo de a bordo:
- Nos dirigimos a las Artlas.
- Sí, señor. - respondió el segundo de a bordo.
Dos días después llegó el Doncella de Hierro a las grandes montañas Artlas. Allí, en una pequeña cal, se unió al resto de la flota que había huido de Tudmir, ya que ya no había nada que les interesase, tras el botín. Morgana le dijo:
- Kane, Robert habrá huido al Fuerte del Río, para preparar el asalto a Tudmir.
- Saldremos en una semana a las Ahorcadas, fletaremos una flota y volveremos a asaltar el Reino de Plata. Robert ha visto al lobo. Ahora, que venga a cazarlo.
Una semana después, en una noche de luna llena, la flota del Diablo de los Siete Mares zarpó rumbo a su destino, las Ahorcadas, la piratería.

Texto: Javier Pérez Hernández
Ilustración: vicentedamián

martes, 20 de octubre de 2009

Libre albedrío


Todo el mundo debería ser un vampiro, todo ser humano debería experimentar este estado, esta sensación de poder, esta ráfaga eléctrica recorriendo todo mi cuerpo a cada segundo.

Desde que mi querido padre me convirtió a la edad de quince años, no ha pasado un solo día en que no aprendiese nada nuevo. Siendo un vampiro tus sentidos se expanden, eres mas consciente de ti mismo, puedes domar tus pensamientos, pasado y futuro dejan de tener sentido para ti pues vives sumergido en un eterno presente, y en el aquí y ahora.

Una vez que la sangre de otro vampiro te convierte, tu estado de consciencia se eleva, tu parte racional se funde con tu parte instintiva, hombre y bestia empiezan a convivir perfectamente en el sagrado caos ordenado que es el espíritu de un chupa-sangre.

Todo el mundo debería ser un vampiro, es el estado mas digno y puro al que aspira la especia humana, otro paso en la evolución. Por eso ahora marcho de cacería.

Una vez al mes realizó una cacería ritual, una vez al mes dejo de beber sangre de animales y convierto a un nuevo humano en vampiro, un adolescente preferiblemente, macho o hembra, alguien con mucha vida por delante, con tiempo para domar y aprender del sagrado estado vampírico. Es solo una iniciación bañada en sangre, una vez al mes hago que alguien vuelva a nacer.

Tras localizar a una hermosa joven y perseguirla en silencio por oscuros callejones, disfrutando del acecho como una bestia salvaje, por fin la tengo ante mi, es la hora de la iniciación, enseño mis colmillos, me abalanzo sobre ella, de camino a su cuello blanquecino nuestras miradas se cruzan, sus ojos me hacen detenerme en seco, puedo ver autentico terror en su mirada, desesperación, angustia, pura inocencia que temerosa ante su extinción tiembla sin cesar. En una milésima de segundo, unas palabras de mi padre surcan mi mente en forma de recuerdo.

-El camino que cada uno elige, esta guiado por impulsos primigenios que brotan de nuestro ser, y dichos impulsos son espontáneos, jamás se pueden forzar. El maestro no busca discípulos, los discípulos le buscan a el, sus acciones, su mirada, su sonrisa y su forma de vida es un imán para la gente despierta. Es la propia naturaleza de cada ser la que lo convierte en ángel o demonio, en sabio o en ignorante, es ella la que elige.

Instintivamente, sin pensármelo, doy un paso atrás y me alejo velozmente del callejón, ahora lo comprendo, el poder me ha cegado, algo innato en los verdaderos vampiros es la humildad.

Todo el mundo debería ser un vampiro, pero deberían poder elegirlo.

Hoy hace quince años que soy un vampiro, y hoy, una vez mas, he aprendido algo nuevo.


Ilustración y texto de Moisés Rocamora

lunes, 5 de octubre de 2009

La maldición de los Licaon

Cuando surgieron los primeros síntomas en el cuerpo de Greg Morris, éste estaba demasiado perdido en su particular espiral de obsesiones como para percatarse de nada. Durante los últimos meses, su manera de ver el mundo había iniciado un cambio drástico; ya no era aquel ferviente y aplicado estudiante de biología que llegó a Chicago a principios de 1959. A lo largo de aquel año vivió cientos de experiencias, se relacionó con infinidad de personas que tenían una manera de afrontar la vida distinta a todo lo que él había conocido, salió a la calle, visitó cientos de tugurios, entregó su inocencia al vino y se enamoró por completo del jazz. Uno de sus compañeros de clase le descubrió la obra de un grupo de escritores semi-desconocidos y medio vagabundos que se dedicaban a recorrer todo el país en coche, a tomar drogas, a recitar poesía y a vivir toda clase de aventuras y experiencias. Un paseo por el lado salvaje que había abierto al joven Greg un sugestivo pasadizo de nuevas sensaciones, un nuevo modo de vida con el que comulgó instantáneamente.
Entre tanto nuevo descubrimiento, en ningún momento se dio cuenta de que algo estaba cambiando en su cuerpo. El bello le había crecido visiblemente en manos y pies, y unos afilados colmillos empezaban a asomar por su boca. Hasta que una apacible noche de octubre antes de irse a la cama, distraído, perdió su mirada en la luna creciente que aparecía en la lejanía de su ventana, sintió un escalofrío repiqueteando en su estomago y lanzo un aullido exaltado. De repente se sorprendió por lo que acababa de hacer y en tan sólo unos minutos empezó a ser plenamente consciente de que algo le estaba ocurriendo.
Días después, sus orejas crecieron ligeramente y adquirieron un aspecto puntiagudo, el pelo le empezó a crecer desde la misma frente, y las cejas ya casi se le habían unido. Esta extraña transformación parecía ir avanzando al compás de la luna hacia su plenitud. Tan solo el pensarlo le hizo sentirse profundamente ridículo, ¿un hombre-lobo? Imposible. A lo poco que aún quedaba en su ser de biólogo racional y ordenado, ese simple pensamiento le pareció de una absurdidad insultante. Pero las pruebas estaban por todo su cuerpo, como una verdad confusa pero implacable. Ya no era capaz ni de mirarse al espejo.
Dos semanas después, el ciclo lunar llego a su cenit. Tenía miedo, pero una fuerza extraña pareció arrastrarlo hacía la ventana…había de averiguar qué le estaba ocurriendo. La luna estaba allí, gigantesca y perfectamente redonda, desprendiendo un brillo apagado de tonos grisáceos y azulados. Primero sintió una ligera sensación de aplomo, su estomago le pareció pesar cien kilos, el tiempo se ralentizó, el ambiente estaba cargado, el aire que respiraba se volvió espeso, casi podía masticarlo, la luna creció y daba la impresión de que en cualquier momento entraría en la habitación. Finalmente el tiempo se detuvo. De pronto notó como si su estomago estallara en mil pedazos y sus diminutos fragmentos arañasen todos sus órganos vitales, el dolor le hizo arrodillarse, los ojos se le enrojecieron como el fuego, el pelo comenzó a crecer velozmente por todo su cuerpo, su tamaño aumento en un estruendoso espasmo que desgarró sus ropas, se puso a cuatro patas, lanzó una especie de grito lleno de pavor, su nariz empezó a crecer hacía fuera hasta convertirse en un protuberante hocico, sus dientes aumentaron de tamaño en tan solo una milésima de segundo hasta formar unos largos y afilados colmillos, de sus encías se escapó un coagulo de sangre de pútrido aspecto.

Mientras se transformaba sintió en su cuerpo una tensión y dolor difícil de soportar por un ser humano, pero sobretodo sintió odio. Un odio contradictorio y descomunal, un odio que resultaba totalmente nuevo para él, que desafiaba a la razón y a la lógica. Un odio que contenía cientos de instintos anteriormente reprimidos y antagónicos por naturaleza luchando enfurecidamente entre sí. Odiaba lo que era antes y a su vez odiaba en lo que se estaba convirtiendo. Odiaba este dolor inhumano y al mismo tiempo odiaba no haberlo sentido antes, pues le resultaba totalmente necesario. Odiaba esta lucha interior y al mismo tiempo odiaba no haberla sentido con anterioridad. Odio, odio y odio. Llegó a sentir odio por toda la humanidad, todos habían de pasar por lo que él estaba pasando ahora y, de no ser así, merecerían la muerte, pues nada sabrían de lo que realmente son. Por un momento no pudo dar crédito a todos los pensamientos extremos que poblaban su mente.
Finalmente lanzó un aullido de una contundencia tenebrosa... el joven aspirante a biólogo Greg Morris se había convertido en un lobo de casi dos metros de altura.
Tras mirar a izquierda y derecha, y emitir un leve rugido, se lanzó a través de la ventana, que estaba a cuatro pisos de altura, y al caer sonó un pequeño estruendo que hizo temblar el asfalto. Mostró sus colmillos al cielo y empezó a correr dando enormes zancadas por las calles de Chicago. Era un martes de madrugada y la ciudad estaba casi desierta, pero aun así era una escena indescriptible, un lobo cuyo tamaño era superior al de un caballo corría casi levitando, a causa de sus gigantescas zancadas, por las apacibles calles de una ciudad dormida. Repentinamente un hedor enrarecido atravesó Chicago.
Poco parecía quedar de Greg Morris en el imponente animal, donde un instinto supra-humano de violencia y sangre devoraba sus entrañas. Su pasión y su vitalidad habían crecido desorbitadamente hasta engullir su raciocinio. Después de rastrear varias calles se detuvo ante un garito de jazz, donde a través de la puerta salía la bocanada de sonido de un saxo, un sonido lánguido y sensual que pareció apaciguar al lobo. Seguidamente se retiró con regio caminar a un oscuro rincón desde el que se quedó observando con atención.
Minutos después salieron tambaleándose del bar tres hombres de unos 25 años, que iban abrazados. Dos eran de color excepto el del centro y los tres llevaban un botellín de cerveza en las manos y tenían las pupilas dilatadas y la media sonrisa típica del colocón de marihuana. La música había cesado y el silencio era absoluto hasta que un agudo y sombrío rugido lo rompió de repente. Menos de un minuto le bastó al lobo para asesinarlos a zarpazos, desmembrándoles el estomago como si fuera de algodón. La sangre impregnó las paredes y las tripas asomaron lustrosas a la luz de las farolas. Después los arrastro con los colmillos hasta un rincón y los devoró sin contemplaciones, quedando apenas los huesos.
Al día siguiente Greg Morris se despertó desnudo en la entrada del Douglas Park. Estaba rodeado de sangre y huesos humanos y tras unos segundos de aturdimiento, empezó a ser ligeramente consciente de lo que había hecho. Esto le provocó un hondo sentimiento de culpa. Su mala conciencia pareció extraer de pronto toda la alegría de su corazón, cuando varios de los recuerdos de la noche anterior aparecieron desordenados y en pequeñas fracciones en su afligida mente. Se encogió apesadumbrado y rompió a llorar.

Pasaron los días y el lobo seguía durmiendo en su interior. Greg se sentía repulsivo, se odiaba a sí mismo. Él, un joven inteligente y sensible que, aunque algo rebelde, siempre había mostrado respeto por las personas, convertido de repente en una masa peluda carente de inteligencia, en una asesino despiadado movido por el ansia de sangre. Esto no podía ser real, era de locos, había de ser una pesadilla... y de no ser así, ¿por qué él?
En la siguiente transformación algo empezó a resultar distinto. El periodo de cambio que va de hombre a lobo le pareció igual de doloroso pero aun así, experimento nuevas sensaciones durante la mutación, sensaciones extremas, subyugantes, pero cubiertas de una vitalidad inimaginable. Y en su periplo por las calles como lobo, encontró un extraño placer al devorar personas, se notó libre, poderoso, redimido de cualquier juicio moral. La adrenalina rezumaba por todo su interior y la amarga fuerza de la vida guiaba cada mordisco que daba.
Pasaron los meses y el universo interior de Greg Morris seguía cambiando a cada segundo. Abandonó las clases y se encerró en su apartamento, pasó días y noches leyendo, escribiendo, meditando sobre su nueva condición de hombre-lobo y tratando de recordar lo acontecido en cada nueva transformación. Poco a poco consiguió dominar a su antojo los impulsos del lobo. Ahora ese ser gigantesco y sanguinario de aspecto abominable dejaba vía libre a sus instintos cuando se lo ordenaba su razón, y no sus entrañas. De un modo progresivo el lobo iba teniendo más de Greg Morris y viceversa.
Por último empezó a desear con fuerza la llegada de cada nueva metamorfosis. Había dejado de alimentarse de comida normal. Convertido en lobo cazaba para varias semanas y comía cada día su ración de carne cruda. Personas, animales, poco importaba, ninguna sensación era equiparable al riesgo y a la fuerza fulminante experimentados durante la caza.
-He de encontrar un equilibrio, sé que puedo hacerlo, la bestia y yo somos dos caras de la misma moneda, pero hemos de interactuar. Yo tendré la vitalidad, la energía y la entereza del lobo, y él tendrá mi inteligencia y mi sensibilidad. Pero aún así la lucha ha de continuar, mis dos caras han de estar equilibradas y al mismo tiempo en eterna disputa. Si esa lucha cesase, lo haría también mi pasión, mi inteligencia y todo lo que me convierte en un individuo. Esta batalla continua es lo que me hace fuerte y libre. Tal vez durante toda mi vida haya estado preparándome para esto, para conocer mi verdadera naturaleza.
Pensamientos como éste asaltaban la mente de Greg Morris mientras deambulaba por su apartamento con el semblante perdido en la nada. En algunos momentos no terminaba de creerse la enorme cantidad de cambios que había sufrido interior y exteriormente en los últimos meses. Nunca jamás volvería a ser el de antes y esto le asustaba y, a su vez, le parecía sumamente excitante.
Sin embargo aún quedaban más sorpresas dispuestas a trastocar la vida del joven hombre-lobo. Una fría noche de enero, mientras Greg fumaba un cigarro con la vista clavada en la luna creciente y sumido profundamente en sus pensamientos y anhelos, alguien le dio una suave palmada en el hombro. Se giró sorprendido.
-Debo felicitarle joven Greg, hacía muchos años que no veía a nadie conseguir lo que usted ha conseguido.
-¿Qué coño...?
Ante él tenía a un hombre de más de 50 años, alto con larga melena, barba poblada y ataviado con una gran túnica negra.
-No nos han presentado, aunque nuestras familias hace mucho tiempo que se conocen.
-¿Cómo demonios ha entrado?
-Te sorprendería conocer las cosas que soy capaz de hacer.
-¿Ha forzado la cerradura?, no puede entrar en un apartamento así sin mas.
-Je, yo si puedo.
Se observaron en silencio. Greg sintió el instinto del lobo palpitando por todo su ser
-Con todo mi respeto, es usted un pirado, y no me apetece en absoluto darle coba. De modo que si es tan amable, márchese y olvidare lo ocurrido.
Pero algo le decía a Greg que este hombre hablaba en serio, sus facciones hendidas y su semblante categórico parecían esconder una extraña sabiduría.
-Oh, solo quería un poco de conversación, he cometido un error y quiero enmendarlo.
-¿Podría explicarme en que consiste este estúpido juego?
-Tú lo has dicho. Empezó como un juego, un juego con el que yo habría de divertirme mucho, y lo he hecho, pero ahora he de terminarlo y llega lo más divertido de todo.
El extraño, cambio de semblante y levantó su mano derecha mientras los ojos se le tornaron de un azul celeste. Greg sintió un escalofrió y mostró sus colmillos.
-No quiero descuartizarte aquí mismo, dime quién eres y qué quieres.
-Ja, hay algo en tu interior que me conoce. Soy Tryanga, un hombre dotado de un don especial, un hechicero, un profeta, un conocedor de las artes oscuras, un sabio que ha decidido rebajarse a tu nivel para participar del grotesco juego de la carne, para saborear los manjares de la venganza.
-¿Qué venganza buscas en mi?
Tryanga bajó el brazo y sus ojos volvieron a ser los de un hombre de más de 50 años. Se llevó las manos a la espalda y esbozó una sonrisa atestada de odio.
-No recuerdas a tus padres ¿verdad, Greg?
-¿Qué?... Mi padre murió devorado por un león y mi madre murió al nacer yo, pero ¿a qué viene esto ahora?
-Esa es la versión oficial, la que todo el mundo cree. Pero yo sé cual es la verdad.
Se hizo un silencio.
-Habla de una vez.
-Veras, jum. Tu padre, como bien sabrás, fue un afamado cazador de Leones. Lo conocían en toda La India. Sin ir más lejos, varios ejemplares que se encuentran en zoológicos de Chicago son crías de Leones cazados por él. Pues bien, tu progenitor, como todos los hombres, tenía deseos de lo más absurdo. Uno de ellos fue el de matar a un león. No cazarlo, si no matarlo, para después disecarlo y decorar su salón con la cabeza del animal. Pero para ello eligió la manada equivocada, la manada donde hallaría su muerte, porque en ella se encontraban jugando con los nobles animales mi mujer y mi joven hija. Ellas no tenían la visión banal y temerosa del animal que tenéis vosotros. De este modo, llegado el día, el famoso cazador de leones se encontraba borracho. Al parecer había apostado con un amigo que sería capaz de disparar a un león desde casi un kilómetro de distancia completamente borracho. Y es cierto que acertó, pero no a los leones, sino a mi mujer y mi hija.
Greg sintió de pronto la sensación virulenta y helada que el conocimiento de la verdad provoca en el estomago.
-El odio se alió con su hermana la locura y juntos abrasaron mi alma. Por primera vez encontré las fuerzas necesarias para hacer uso de mi don. Curioso sentimiento el odio ¿no crees? En el encontré la fe y la voluntad de poder para ser lo que ahora soy. Así, introduje la locura en el interior de un león y éste, absolutamente enloquecido, devoró a tu padre varios días después. Al mes siguiente tu madre te dio a luz y murió en el parto, pero tú sobreviviste, aunque justo cuando asomaste la cabeza en este escabroso mundo enterré en tu espíritu la vieja maldición de los Licaon y, como una semilla, ésta fue creciendo lentamente sin que tú te dieses cuenta.
Ahora todo encajaba. El extraño desorden que había guiado los últimos meses de la vida de Greg se unió en paradójica inercia formando un círculo perfecto.
-La idea era que tu no soportases tu nueva condición de hombre-lobo, que sintieses asquo de ti mismo, que te odiases, que te volvieses loco y, finalmente, que te suicidases esclavo de la angustia y la confusión por ser hombre y bestia. Pero no ha sido así. Admito que te infravaloré. Tu conducta y cómo te has adaptado a tu nueva circunstancia son dignas de un sabio. Te he estado vigilando en secreto desde que naciste, y esto no me lo esperaba.

-Y supongo que ahora has venido ha acabar conmigo con tus propias manos y así terminar por fin tu venganza, ¿No es así?
-Je, creo que resulta obvio ¿no?
Greg esbozo una sonrisa repleta de fuerza y seguridad en sí mismo, exhibiendo los colmillos afilados entre sus labios.
-Supongo que no creerás que voy a luchar contra ti por estupideces como odio o venganza ¿verdad?... Por lo que me has contado, mi padre no era más que un egocéntrico ignorante. Quizá te defraude, pero no siento ningún tipo de lastima por él. Yo, al contrario que tu, estoy por encima de todo eso.
-¿Qué quieres decir?
-Tu solo eres un esclavo del odio. Es cierto que el odio te dio la fuerza que ahora tienes, pero ¿a qué precio? ¿Qué harás cuando me mates? ¿Qué sentido tendrá tu vida entonces?
-Cuando te mate todo se acabará, cuando te mate alcanzare la libertad.
-Ja ja ja… pobre iluso, ¿qué sabrás tu lo que es la libertad?
Al escuchar sus propias palabras, Greg se sorprendió por el enorme poder que empezaba a recorrer su cuerpo, un ímpetu eléctrico que le hacía sentirse invencible. Tryanga lo notó.
-La libertad sólo existe en el camino hacia ella, mientras se lucha por ella. La libertad no se consigue, la libertad se obtiene, y una vez obtenida se vuelve a lanzar lo más lejos posible y se vuelve a caminar hacia ella, a luchar por ella. Conseguir la libertad solo supone el apaciguamiento del espíritu y la lenta muerte del alma.
El viejo hechicero lo miraba sobrecogido, sus palabras estaban cubiertas de una determinación casi aterradora.
-Te... Te llenas la boca de palabras cuyo significado real desconoces, ja, cuando veas a la muerte caminando hacia ti, te arrepentirás de cada una de tus patéticas provocaciones.
-Perfecto, muéstrame a la muerte...
Greg se dirigió a la ventana y la abrió lentamente, ahí estaba la luna, como una enorme roca refulgente, casi en su plenitud.
-Con esto será más que suficiente.
La observó fijamente durante varios segundos e inició su metamorfosis.
-Eso es, transfórmate en lobo, yo aún no he jugado mis cartas, como te dije, no sabes las cosas que soy capaz de hacer.
Tryanga emitió un gruñido estrepitoso y se arrodilló en el suelo con la mirada perdida, después comenzó a retorcerse de un lado a otro, su tamaño aumentó de repente, sus ropas se desgarraron, y gran cantidad de pelo de un tono amarillento surgió por todo su cuerpo. Greg lo observo sorprendido mientras continuaba con su dolorosa alteración de hombre a bestia.
El tejido temporal pareció detenerse nuevamente en el apartamento del joven estudiante de biología, el ambiente adquirió un espesor inhumano, mientras ambos iban lentamente mutando, envueltos en alaridos, convulsiones, golpes y coágulos de sangre.
Minutos después ambas bestias completaron su transformación. Greg volvió a obtener la forma de su otro yo, un lobo titánico y de aspecto perturbador. Pero Tryanga no, el hechicero se había convertido en un descomunal león, una ostentosa criatura de melena dorada y semblante fraguado en odio. Ambos animales se miraron fijamente. Acto seguido el lobo atravesó la ventana y salto a la calle, y el león hizo lo mismo.
Una vez allí, las frías y silenciosas calles de Chicago fueron testigos de un combate sanguinolento y brutal como pocos. Las dos bestias saltaban una encima de otra, rodaban por el suelo, en ocasiones casi parecían volar por los aires dándose zarpazos, la sangre impregnaba las paredes y los rugidos retumbaban por toda la ciudad. La gente se asomaba temerosa a las ventanas. Nadie podía dar crédito a lo que veían sus ojos.

Tan solo fueron unos veinte minutos, pero parecieron interminables. Poco a poco el león fue acallando su furia preso del cansancio, mientras el lobo parecía dominador de una extraña fuerza que aumentaba a cada segundo. Prácticamente ya no existía ningún tipo de disociación, Greg y la bestia formaban un solo ser, conferido de ese equilibrio sagrado que sólo la madre naturaleza posee. Su energía era tal, que su cuerpo empezó a desprender un halo de luz, algo distinto e indefinible brotó de repente en el entorno, algo sin forma pero claramente perceptible. La gente que asomaba por las ventanas comenzó a intuir sus sentidos expandidos, el cielo recibió nuevos colores, la atmósfera palpitaba como un corazón gigantesco. Todo Chicago estaba teniendo una experiencia colectiva que nadie jamás conseguiría explicar.
Finalmente, el lobo-Greg agarró al león por el cuello y lo levanto del suelo. Así erguido se asemejaba a una deidad de horripilante belleza, la misma que Chicago escondía en su interior. El león se convirtió nuevamente en Tryanga; el hechicero había sido derrotado. Segundos después, el imponente animal victorioso volvió a su estado humano. Greg Morris apareció desnudo. Continuaba sosteniendo a Tryanga en el aire. Definitivamente ya no era el mismo, en su joven semblante aun latía el instinto primario del lobo.
-Bueno, parece que los hechos hablan por si solos, ¿no crees? Te presentaste ante mi como un sabio, como un profeta,...Je, pero tu sabiduría sólo es la prepotencia que nace tras la frustración, la fuerza inocua de alguien carcomido por el odio.
-¿Qué... que quieres de mi? no alargues más mi suplicio, mátame, ¡mátame de una vez!
-¿Quién ha dicho que quiera matarte? Necesito tu inestimable ayuda.
-¿Qué estás diciendo?
A Tryanga empezó a faltarle el aire.
-Necesito que me respondas a unas preguntas, veamos, si le doy un zarpazo a alguien, solo un zarpazo leve, de modo que sangre un poco pero que no muera, si hago eso, ¿Adquiriría también mi victima la maldición de los Licaon?
-Ss...Sí, puedes contagiar a cualquiera con solo hacerle sangrar.
-Ja, perfecto, era justo lo que quería oír. Desde esta misma noche, empezara el contagio global.
Greg dejó suavemente al hechicero en tierra firme.
-¿Qué... que has querido decir?
-Mañana mismo empezaras a plantar la semilla de los Licaon en el interior de cientos de personas, recorrerás el mundo haciéndolo, y yo haré lo mismo contagiándolos a todos a zarpazos.
-¿Qué? ¿Te has vuelto loco?
El hechicero retrocedió temeroso, pero la mirada de Greg no evocaba locura, sus facciones desprendían la aterradora fuerza de la vida, el sangrante huracán de una existencia absolutamente libre.
-Esto que yo he experimentado, ha de experimentarlo toda la humanidad, ha de conocer su verdadera naturaleza. Nos hemos civilizado en exceso, y seguro que lo haremos aún más si nadie lo evita. Hemos olvidado lo que somos realmente, corremos el peligro de convertirnos en autómatas incapaces de sentir ni de razonar nada, en parásitos sin alma que se arrastran por gigantescas ciudades esperando su muerte. La moderación, la represión de los instintos y el autocontrol solo nos llevara a la extinción de la especie humana. Y yo voy a darle otra oportunidad, voy a darle a un humano la opción de volver a ser humano en toda su dolorosa magnitud.
Tryanga lo observó petrificado.
-Te has vuelto completamente loco, es cierto que tus palabras tienen coherencia, pero haciéndolo de ese modo lo único que conseguirás es sembrar el caos.
-Es muy posible, pero del caos siempre surge algo nuevo, un cambio, y los seres humanos hemos de someternos continuamente al cambio si no queremos perecer.
Greg lanzó una sonrisa, los ojos se le enrojecieron y sus colmillos aumentaron de tamaño.
-No tienes porque ayudarme si no quieres, de todos modos, desde esta misma noche la raza humana tal y como la conocemos, dejará de existir.
Seguidamente se marchó a enormes zancadas, perdiéndose rápidamente en la fría noche de enero.



Ilustraciones: José Luis Espuelas
Texto: Moisés Rocamora

miércoles, 23 de septiembre de 2009

El nuevo dolor

A veces no siento nada, a veces no lo puedo evitar, a veces solo hay eso... autismo y muerte. Creo que el capitán fue el primero en verlo, nunca una alucinación fue tan real, aun no se ha ido, y ya no se si esto es la realidad, se le parece tanto...

Existencia insípida, el mundo exterior, lo que te rodea, trabaja a otro ritmo, no puedo seguirlo, trata de arrastrarme, de engullirme en su enorme espacio punzante. Yo no era así antes de comenzar el viaje, o eso creo.

En siete años todo parece olvidarse, el mundo no era así, ¿quién ha creado esta maldita alucinación?, se que la vida no es un patio de escuela, lo es durante un instante, luego se convierte en un duelo a muerte con alguien que aprecias de verdad pero que al mismo tiempo te ha hecho una putada imperdonable, robarte la inocencia, un duelo en el que sabes desde el principio que serás derrotado.

Pero aquí y ahora esto no es así, el aire que respiro es otro, mi vida es la misma pero en colores mate, hay un abismo entre yo y el exterior, todo me llega lejano, vivo la misma escena varias veces y luego aparezco casi al final de la película, un deja vu en forma de circulo del que no se como escapar.

Cada vez me cuesta mas recordar, cuando aterrizamos aquí todo parecía pacifico y armónico, un desierto verdoso muy similar a los de nuestro planeta, un desierto en el que no hacía calor, el clima era perfecto. He oído hablar en muchas ocasiones de las propiedades visionarias y alucinógenas del desierto, pero nunca pude imaginarme esto.

Lo vi claramente en el rostro del capitán... Y ahora esta cárcel infinita esta incinerando mi vida, cada día que pasa siento la locura en mis huesos, empiezo a descubrir la gran verdad que ellos conocen, estoy tan cansado que no puedo dormir, siento mareos que me hacen perder el equilibrio. Es como si hubiese vuelto a mi vida tal y como la deje antes del viaje, solo que ahora no soy parte de ella, la veo desde la lejanía, solo en una sala oscura, como quien observa una película que le resulta completamente ajena, y encima el montaje carece de sentido. Un autista que cree que el mundo se ha convertido en un ser psicótico.

¿Cómo empezó todo? no lo se, puedo sentirlo pero no recordarlo, siete hombres convertidos en otros tantos, una lluvia ácida, gritos e imágenes deformadas, opresión interior, llantos, muecas extrañas, confusión.... Todo fue progresivo, no empezó de pronto, casi ni nos dimos cuenta, de algún modo el desierto cobro vida, ojos en blanco, vejaciones, pequeñas chispas de luz en la percepción.... y ahora, en muchas ocasiones, no siento nada.

No consigo dormirme, cada noche me cuesta más, ya he perdido la esperanza de encontrarme con alguien de mi tripulación. Quiero que todo esto acabe y ahora mismo solo veo una opción, no aguanto el juego que quieren que juegue, voy a darles la espalda, a alejarme cada vez mas, introspección, universo interior, ninguna realidad, solo la mía, ningún dolor más, solo el mío, el que enseña, el que todos sentimos cuando el cielo anaranjado del desierto se abrió en una brecha y nos miro cara a cara. No se que o quien me envió aquí de nuevo, esto es mío pero no lo reconozco. Quizá mañana ya no este aquí, quizá mañana consiga sentir el nuevo dolor.



Ilustración y texto de Moisés Rocamora

lunes, 14 de septiembre de 2009

MALA VIDA

Caminaba calle abajo sin importarme nada en concreto. Tenía un extraño buen momento, de esos que, a pesar de lo anodino de la situación, recuerdas mucho tiempo después, quizás contribuyera el que había bebido algo. Pasé al lado del barrendero de la zona; parecía nervioso y me hacía señales con la mano, quería decirme algo. Yo seguí caminando, pero él insistía y la expresión de su cara sugería que no se trataba de una tontería. Dejó la escoba y todo lo demás allí mismo, nadie le robaría aquello. Entramos en el bar de la esquina y escuché lo más extraño que te puede contar un barrendero que no conoces en un local de abuelos de una ciudad como Alicante.
Yo vivía en el barrio antiguo, donde los bares. Una noche, ya casi madrugada, no podía dormir y decidí salir a buscar algo que no sabía muy bien qué era. Deambulé por las calles hasta que fui a parar a la playa. Él me había seguido, seguramente querría ligar conmigo, aunque eso no me lo dijo. Vi cómo se sentaba en la arena y fumaba un cigarrillo tras otro mientras yo lloraba, pero no se atrevió ya a acercarse a mí, simplemente miraba. No sé cuánto tiempo pasamos así, él tampoco me lo dijo. Cuando amaneció me marché, dejando algo de lo que no tenía constancia que se pudiera dejar en ningún lugar. Esto es lo que me hizo pensar que mi interlocutor quería burlarse de mí; me dijo que, junto a mis lágrimas, dejé mi sombra. La reconoció al momento, a pesar de que no era algo normal no podía tratarse de otra cosa, ya que incluso se movía como yo pero, al contrario que siempre hacía, esta vez prefirió quedarse allí. Se acercó despacio para no asustarla, se sentó a su lado y le ofreció un cigarrillo, el cual rechazó. Estaba desesperada, a pesar de que no era la primera sombra que desafiaba las leyes de la física y hacía algo así. Vivir con cierta clase de personas puede ser un infierno: demasiados problemas. Según ella, ya me habían abandonado otras partes de mí, como el aura, y si seguía con esa forma de vivir acabaría dejándome también mi cuerpo. Al oír esto no supe cómo reaccionar. El chico parecía que quería ayudarme, pero no le creí, era tan ridículo todo… Entonces levantó mi mano y vi que no proyectaba sombra alguna, ni en la mesa, ni en la pared, en ningún lugar.
- Una botella de whisky – pedí. Bebí un largo trago que me supo tan mal como tantos otros. Estuvimos hablando y, mientras tomaba el liberador líquido, casi de forma inconsciente iban saliendo de mi boca ideas que tenía guardadas muy dentro, tanto que ni siquiera sabía que existían. En aquel momento no lo sabía, pero creo que al fin había encontrado un amigo. Entonces pasó lo que había vaticinado mi ex-sombra: mi cuerpo me abandonó, pero no debido a mis problemas, qué ironía, ahora parecía que todo iba a mejorar. Cuando llegué al hospital ya no pudieron hacer nada por evitarlo. Me abandonó por una simple y cruda cuestión bioquímica, demasiado alcohol. Si yo sólo bebía porque pensaba que me ayudaba.
En fin, sirva esto para que sepáis que no debéis tener miedo a separaros de vuestro cuerpo, puesto que ahora soy libre como nunca lo fui.

Texto: Blanca Botella Martínez
Ilustraciones: vicentedamian

lunes, 27 de julio de 2009

Morir viviendo




Tan solo falta un minuto, cuando el viejo reloj de la iglesia marque las doce del mediodía, habrá un cadáver más en este pueblo. El sheriff, parece un mar en calma, yo no, el miedo se ha convertido ya en un huracán desbocado que esta subyugando cada poro de mi ser, tiemblo, sudo, puedo sentir las garras de la muerte estrujándome el corazón.

Ya solo quedan treinta segundos, pero, de pronto algo ocurre, un recuerdo, las palabras del viejo indio, el borrachín maloliente con el que hablaba cada noche. “Es un error querer derrotar al miedo, quien ya no tiene miedo ha dejado de luchar, y quien ha dejado de luchar se convierte en alguien débil, el miedo no puede ser derrotado, hay que domarlo, un miedo controlado te mantiene despierto, alerta, concentrado, vivo.”

El eco de sus palabras me da una confianza inusitada, me siento con poder, puedo percibir pura energía brotando de mi interior, una voluntad indómita me hace apretar los dientes. Suena el reloj, las doce en punto, desenfundo mi revolver a la velocidad del relámpago. El ha sido mas rápido, mi bala se ha incrustado en su hombro, la suya en mi corazón.

La vida me abandona, pero… mientras caigo desplomado no puedo evitar esbozar una sonrisa, yo no he perdido, no ha habido vencedor ni vencido, he conseguido domar mi miedo, he actuado con convicción, me he sentido plenamente vivo, consciente de todo lo que me rodea. He hecho lo que debía, alguien había de oponerse al corrupto mandato de nuestro Sheriff, el resultado final era algo que ya no dependía de mí.


Texto e ilustración: Moisés Rocamora

domingo, 12 de julio de 2009

Cuestión de Tiempo









Texto: Javier García-Conde
Dibujo: vicentedamian




martes, 30 de junio de 2009

No-hacer


-Y allí estaba yo, mi querido aprendiz, frente a las puertas del dojo del temible clan ninja “Tora-kurai”. Tras contener la respiración me abalance en el interior de la morada. Uno a uno derrote a todos los guerreros del dojo, pero lo hice sin plena convicción, en ningún momento conseguí un mínimo de concentración, en varias ocasiones fui rozado por sus katanas, apunto estuve de perder la vida. Trate de suplir mi falta de concentración con un vigor y una fuerza irracionales, más propios de un animal salvaje que de un samurai, todos mis movimientos se basaban en una mezcla de odio y miedo.

Tras la veloz masacre solo quedaba ya ante mí el líder del dojo, un consumado y letal artista marcial ante el cual no tenía la menor posibilidad si no lograba concentrarme. Sabía muy bien lo que había de hacer, había memorizado todos los códigos de conducta, tenía que conseguir el ánimo perfecto del samurai, el desapego, la mente vacía y el corazón lleno, la vacuidad consciente, el cuerpo sumergido en el instante. Ese estado impoluto que llevaba años buscando sin éxito.

Nuestras miradas se cruzaron durante varios minutos, lo intente una y otra vez sin conseguirlo, finalmente encontré absurda toda esa lucha interior por alcanzar el animo perfecto, asumí mi derrota, sentí mi propia muerte inminente como algo inevitable y deje de buscar.

Y precisamente eso fue lo que activo una chispa en lo mas profundo de mi ser, tras dejar de buscar, toda mi concentración se centro en mi futura muerte, en el vacío infinito que me aguardaba, y tras no sentir ya nada… comencé a sentirlo todo. Lo comprendí todo, todo encajo a la perfección, sentí cada célula de mi cuerpo, cada átomo, los huesos cubiertos de carne, vísceras, nervios, venas, corazón, todo era percibido con una intensidad inaudita hasta ahora, las aguas de mi mente se aquietaron al igual que un lago en una tarde de agosto, pude sentir a mi espíritu sin forma animar sutilmente todo mi cuerpo, era el momento de combatir. Todavía desconocía el resultado final, pero yo ya había ganado.

-Y al final… ¿Derrotaste de verdad a tu contrincante Maestro?

-Jum, veo que no has aprendido nada…con el tiempo entenderás el relato mi joven aprendiz.


Ilustración y texto de Moisés Rocamora

lunes, 15 de junio de 2009

Reflexiones de un gángster

Y allí estaba yo, fumando un cigarrillo tras otro, intentando matar los nervios de la larga espera. Llevaba más de tres horas postrado en una esquina, y el maldito hijo de puta no regresaba a su casa. Todos los días llegaba a la misma hora, pero hoy se retrasaba; no sé por qué demonios, pero se retrasaba en exceso. Tras esperar un poco más apareció: nada más verlo, salí de donde me encontraba y empecé a disparar mi ametralladora; de ella salieron decenas de balas en ráfagas desquiciadas de pólvora y fuego. Casi todas impactaron en su cuerpo, tan sólo era un paleto que tenía la misión de mandar al otro mundo. Se desplomó. Quedó agujereado como un colador teñido por un rojo intenso, era precioso, era el color más luminoso que había visto nunca. Me largué a toda leche. Siempre tengo la paranoia de que alguien observa mis asesinatos, de modo que metí mi arma en una bolsa negra, entré en mi coche y me fui de allí velozmente.
Todos os preguntaréis por qué maté a ese tío, y eso es algo que yo también me cuestiono. ¿Por qué lo maté? O mejor dicho: ¿por qué los mato? Je, porque como os habréis imaginado este no es el primero, la lista es ya muy muy larga. Si queréis que os diga la verdad, no lo sé… y sí, soy un gángster, aunque eso os habrá quedado ya suficientemente claro al leer esta narración de los hechos que un servidor metido a escritor hace de cómo mató a un tipejo sin importancia. Si queréis que os diga la verdad, no creo que nadie eche realmente de menos a cualquiera de los parásitos que elimino, gángsters o ladronzuelos de bandas rivales a la mía, violadores que salen de prisión, vulgares extorsionadores que han hecho daño o incluso han matado a gente sencilla, comerciantes de clase baja, o simples currantes cuyo único deseo era el de pasar por la vida haciendo el menor ruido posible.
Por otro lado, pocos saben que muchos de los mafiosillos de tres al cuarto que extorsionan sin escrúpulos a cualquier muerto de hambre con un comercio de barrio, están a su vez comprados por peces gordos que se dedican a financiar “protecciones” abusivas a obispos y demás ralea que, como cualquiera medianamente consciente sabrá, con sus túnicas y su verborrea condenan a pobres viudas y ancianas al infierno mientras ellos bendicen a dictadores, asesinos y pederastas. Jum, joder, yo creo que son razones de sobra para coger mi vieja ametralladora y hacer algo de limpieza. Ya sé que muchos pensarán que ese no es motivo suficiente para hacer lo que hago, y no os voy a engañar… muchas veces yo mismo lo pienso, y en muchas ocasiones he reflexionado, me he planteado el dejar de matar. Alguna vez he llegado a pensar en tratar de purificar mi alma, en intentar buscar respuestas en alguna filosofía o religión. Conozco muy bien a los cazurros que pueblan mi “profesión” y no quisiera acabar como ellos.
Aunque, en última instancia, sé que, por mucho que quiera dejar esta vida, nunca voy a poder, he creado un hábito. Es sumamente curioso esto de los instintos humanos, el matar a otra persona nos proporciona una extraña sensación mezcla de dolor y placer que puede resultar sumamente adictiva. Aunque, de todas formas, no creo que pudiese dedicarme a otra cosa. Jum, no es necesario que lloréis por mi alma, dudo que alguien lo haga, no os preocupéis por mí, no puedo ir al infierno porque ya estoy en él. Sólo soy un ángel caído, un ángel exterminador.

Texto: José Joaquín Vicente
Ilustraciones: vicentedamián.

domingo, 17 de mayo de 2009

La Ciénaga

Y tristemente caminaba. Arrastraba sus pesados pies, siempre con la sensación de que sus fuerzas le iban a traicionar, e iba a caer; pero no, como sonámbulo, seguía andando; un pie tras otro, y otra vez el primero y otra vez el segundo, tambaleándose de una forma monótona y rítmica, de izquierda a derecha. Y a cada paso, cerraba los ojos, no queriendo ver dónde pisaba, no queriendo ver si pisaba a alguien, a alguien agonizante que se arrastrara pidiendo clemencia, a alguien que no hubiera podido seguir caminando, a alguien al que le hubieran traicionado las fuerzas. Y así, cuando sentía bajo sus cansados pies la ruptura, el crujir de unos huesos ya podridos y el gemido final de un cadáver, inspiraba honda, profundamente, apretaba los dientes y gritaba hasta sentir que la garganta se le desgarraba y su vista se nublaba de aguas saladas y su laberíntica alma se perdía más en sí misma y sus piernas temblaban y su caminar se hacía más pesado, como si sus extremidades ya estuvieran muertas, como si su vida se fuera consumiendo, como si su cuerpo estuviera podrido en alguna parte, en algún lugar que, lentamente, iba pudriendo el resto.

Y tristemente caminaba. Cabizbajo, sin un por qué, sin un a dónde, sólo guiado por voces confusas, lejanas y apagadas. Alzaba la cabeza y la niebla lo rodeaba. Volvía a bajar la vista y veía sus incansables y cansados pies, bañados en pena, suplicando que se acabase su martirio, rogando morir o vivir, pero no seguir por más tiempo en aquel punto central, en aquella frontera que sólo habitan las sombras, aquella frontera que ni vivos ni muertos desean, porque odian y desprecian, olvidando que, alguna vez, pueden caer en ella.

Y tristemente caminaba. Poco a poco la tierra se hacía más blanda, como se ablanda la tierra removida de un cementerio donde la población aumentase rápidamente; veloz como la sangre que fluye y, a cada latido, la tierra más ensangrentada, porque su cuerpo se iba vaciando del líquido vital, sin saber dónde estaba la herida, la profunda herida, de la que manaba la sangre. No lo sabía, pero ésta se encontraba en lo más profundo de su recóndita y mohosa alma.

Y tristemente caminaba. Y el obstáculo fatal se acercaba más, irremediablemente iba a tropezar, iba a caer en aquel barrizal; pero no podía detenerse; un pie y luego el otro, y otra vez el primero y otra vez el segundo. De pronto, encontró el obstáculo, que allí lo esperaba, y cayó, lentamente, recordando su triste caminar, su pisar y su seguir adelante; y caía en un infinito, en un pozo oscuro y sin topetazo final, en un suave morir, en un terrible caer, deseando llegar ya para acabar de una vez, y caer y caer. Poco a poco, comenzó a ver el lugar, el sitio donde su alma encontraría reposo: la ciénaga; esa tierra húmeda y pegajosa, formada por tierra de cementerio y sangre, que lo tapó, lo cubrió con su letal manto, sin dejar rastro, haciendo imposible saber que por allí, alguna vez, alguien había caminado tristemente.

Texto: J. A. Ruiz Hernández
Ilustración: vicentedamián

jueves, 7 de mayo de 2009

Manakel: Planeta de Energía (Parte 3 de 3)

Andrew se encontraba frente al espejo del baño en su lujosa casa de Nueva York, no reconocía lo que veía reflejado, su rostro ya no le parecía el mismo. Todo lo que le rodeaba poseía una nueva luz, más cercana, más dolorosa, mas elevada.
-Antonin… ¿quién eres?, ¿por qué te apoderas de mi cuerpo?, ¿cómo es que te conozco tanto?
De repente vio reflejada tras de el la figura enigmática de Chris, se giro asustado.
-Llevas varios días llamándome y aquí estoy.
Chris lanzó un cálido saludo inclinando su magnética silueta, el semblante hipnótico que poseía paralizo sin remedio a un Andrew cada vez mas confuso.
-No tengas miedo, te están esperando.
Desapareció súbitamente, Andrew se quedo como una estatua mirando la pared, su interior se estaba convirtiendo en un músculo gigante que palpitaba incesantemente en carne viva.
Se arrodillo y emitió un desgarrador grito de dolor y confusión, su percepción comenzaba a alterarse nuevamente, vio una extraña forma que le sonreía entre las llamas, todo se empezó a volver de un color blanco mate. –No, otra vez no. Se encogió en un rincón esperando evitar así la enorme desazón que recorría todo su ser.

Antonin estaba sentado al pie de la cama en la habitación del burdel de Virginie, se encontraba solo, tenía los ojos totalmente en blanco y sufría extraños espasmos.

La mente de Andrew había sufrido un dolor atroz, su cerebro pareció partirse en dos, como atravesado por un rayo de luz cegadora, y ahora todo su cuerpo se asemejaba a un receptor de imágenes de origen desconocido, las visiones se superponían una tras otra a una velocidad imperceptible para el ojo humano, pinceladas de colores nunca vistos eran lanzadas sobre el frenético glosario de tortuosas representaciones que asestaba su cerebro, sus sentidos comenzaron a expandirse en pos de un caos multicolor, un caos sagrado que parecía guardar una extraña armonía en todos sus movimientos. Emitió un grito atronador, Elisabeth y Naomi se despertaron asustadas, el cuerpo de Andrew estaba apunto de estallar, la secuencia de imágenes recibida por su cerebro aumento aun mas la velocidad…

…Se despertó en un lugar desconocido, levantó la cabeza lentamente mientras trataba de centrar nuevamente la vista, miro a ambos lados. La tierra era de color rojizo, y el cielo tenía un tono violeta, se encontraba en perfecto estado, tranquilo, despejado y con una fuerte sensación de vida, era extraño pero nunca se había sentido tan vivo como ahora.
-Ya has pasado lo peor Andrew.
Se le acerco un hombre de unos 50 años, delgado, con larga melena y abundante barba, vestía con unos harapos blancos que se asemejaban a una sotana y tenía una extraña protuberancia en el centro de su frente. Su semblante transmitía paz y cordialidad.
-¿Quién es usted? ¿Dónde estoy?
Las palabras de Andrew no contenían ni una pizca de inquietud o confusión, nunca había estado en este lugar, ni ante este hombre, pero en el ambiente había algo que embriagaba candorosamente su alma, una brisa invisible que poseía el placer y el dolor de la vida, y que acariciaba tiernamente todo su cuerpo.
-Estas en Manakel, el planeta de energía perteneciente a esta galaxia.
-¿Qué?, no lo entiendo, ¿y como he llegado aquí?
-Hemos tenido que traerte con nosotros, ha sido doloroso, lo se, pero era necesario.
Andrew observaba al habitante de Manakel con respeto y asombro, tras sus profundos ojos parecía estar la clave que explicase lo que le había ocurrido durante estos últimos días. Ya casi había olvidado que, hasta hace bien poco, era un simple y aburrido contable de Nueva Cork.
-Caminemos, te explicare porque estas aquí.
Empezaron a caminar, Andrew miraba de un lado a otro, no sabía bien donde estaba, pero de algún modo se sentía parte de todo lo que veía, el paisaje desprendía una aureola de luz.
-Como te he dicho antes, estas en un planeta de energía, en un punto de luz de los innumerables que pueblan el universo. Todos los que aquí habitamos, somos almas que hemos vivido en el planeta tierra y en otros muchos planetas de la galaxia. En vida fuimos distintos, despiertos, especiales. Unos fuimos profetas, otros visionarios, otros artistas, poetas, pintores o todo a la vez, almas intuitivas y conscientes de sí mismas que pueden aportar su luz a este cuerpo celeste que es el universo.
Andrew escuchaba atónito, todo lo que oía le parecía la mayor verdad dicha nunca por nadie.
-Pero y… entonces ¿Por qué estoy yo aquí?
-Porque te necesitábamos, veras, estas almas distintas a las demás, somos la energía que mantiene con vida al universo, la que lo hace expandirse y crecer, la que lo mantiene en equilibrio. Sin nosotros desaparecería, se extinguiría por completo. En cada galaxia hay un planeta de energía, un foco de fuerza que ampara toda la sabiduría de un punto y la lanza al cosmos. Pero nosotros no estamos aquí siempre, pasado un tiempo elevamos nuestro yo, y nos fundimos con el universo, es el ciclo que sigue la gran espiral, es la naturaleza con su danza. De modo que continuamente necesitamos nuevas almas para mantener iluminado el planeta.
Sus palabras le resultaban a Andrew sumamente lógicas y coherentes, todo empezaba a encajar.
-¿Y porque me habéis elegido a mi?
-La tierra ya no nos proporciona almas sabias, podemos ver todo lo que ocurre en la galaxia, y sabemos que el sistema global que se ha instaurado en tu planeta controla cualquier anomalía. Eso del Señor Turner fue muy inteligente, nos pillo por sorpresa, sus programas de defensa son cada vez mas sofisticados. Desde hace un tiempo, nos hemos visto obligados a forzar un despertar, ningún alma puede encender su chispa en una sociedad como la que habéis creado, y eso es lo que hemos hecho contigo, encender tu chispa. Por eso el vacío en el estomago, por eso las visiones, por eso Chris, por eso Antonin.
Andrew se detuvo de repente, las palabras del sabio habían hecho estremecer su fuero interno.
-¿Y quien era Antonin?
-Antonin eres tu, es tu misma alma apresada en otro cuerpo. Tu alma, como todas, nació con el universo, has vivido en millones de planetas y con millones de formas distintas. Creímos necesario efectuar una conexión con tu anterior cuerpo, así de un modo inconsciente comprenderías mejor tu verdadera naturaleza.
Continuaron caminando, Andrew parecía ausente, el rompecabezas de recuerdos, sensaciones e imágenes que albergaba su mente estaba terminando de encajar a la perfección. El sabio tenía las pupilas dilatadas y su caminar era algo espasmódico, casi torpe.
-Por eso me sentía tan cercano a el…
-Eran dos representaciones de la misma alma en puntos equidistantes, la tuya empezaba a sufrir un despertar, y la de Antonin un largo sueño.
Andrew continuaba ensimismado en sus pensamientos.
-Ahora lo comprendo todo.
Volvieron a detenerse, en el horizonte se vislumbraba un poblado de aspecto austero, había numerosas cabañas de construcción artesanal y hombres y mujeres de diferentes edades paseando lentamente entre ellas, al igual que el sabio todos vestían con harapos y tenían una protuberancia en la frente, no parecieron percatarse de su llegada.
-¿Supongo que ya sabrás cual es ahora tu misión?
El sabio perdió el equilibrio por un momento y se apoyo en una roca rojiza que tenía a su lado, parecía un poco ausente, como ido. Al estar sumergido en sus pensamientos, Andrew no se había dado cuenta, pero el hombre caminaba con cierta dificultad, su mirada tenía una profundidad casi dolorosa y su rostro siempre contenía una media sonrisa de tranquilidad y satisfacción, los individuos del poblado mostraban los mismo síntomas.
-Me imagino que ya te habrás dado cuenta.
-¿Qué os ocurre?
-Nuestro espacio tiempo es ligeramente distinto al tuyo, hemos subido un pequeño escalón hacía el todo. Somos un poco mas yo, y al mismo tiempo un poco menos yo.
Andrew le sonrió.
-Es decir, que estáis dejando de existir, para existir a otro nivel.
-Je,…no cabe duda de que ya estas totalmente preparado.
Se quedaron unos segundos observándose en silencio, finalmente el sabio acerco su mano al rostro de Andrew.
-Un momento, solo quiero hacerte una ultima pregunta.
-Te escucho.
-¿No creéis que actuáis de un modo antinatural al forzar ese despertar en las almas? En el fondo usáis los mismos métodos que el sistema global, anuláis el libre albedrío. A lo largo de la historia, en la tierra se han implantado regímenes de la misma calaña que el actual, siempre ha habido épocas oscuras y difíciles, y al mismo tiempo siempre ha habido almas conscientes de su naturaleza. No tiene sentido forzar ningún despertar.
El sabio meditó un segundo las palabras de Andrew, su semblante pacifico y sonriente seguía intacto.
-Querido Andrew, ese despertar del que tu hablas, es la razón de ser de todas las almas, su necesidad vital, la misión por la que existen… pronto lo comprenderás.
Andrew esbozo una sonrisa sardónica, finalmente el sabio poso la palma de su mano en la frente del recién llegado, y este, después de sentir una pequeña nausea, elevo su estado de consciencia…

Ilustraciones: Vicente Damian Fernández
Texto: Moisés Rocamora