sábado, 3 de abril de 2010

Sin Miedo

El joven Hunter pensaba, en nada en concreto y en todo a la vez, todos hacemos eso, la mente jamás descansa, quizá un monje budista, un chamán o un yonqui puedan hacerlo, pero un muchacho de apenas veinte años metido a gangster, mitad por necesidad y mitad por hastío, en el Nueva York de los años veinte, no, ni tampoco la mayoría de nosotros. La mente no tiene un botón de apagado, o por lo menos no en este mundo, y como decía el viejo Neil, “Cuando la mente se toma un pequeño respiro es porque el alma toma el mando, y eso muchacho, puede ser mucho más jodido. Sin embargo, y aunque sea de gallinas, siempre se le pueda echar la culpa a esta pocilga en la que vivimos llamada mundo”.
Hunter no era un chaval muy listo, apenas sabía leer, tartamudeaba continuamente, y nunca parecía enterarse de nada, pero aun así, por alguna ilógica razón sabía de qué iba el juego, se daba cuenta de las cosas, de esas que la mayoría de ilustrados jactanciosos no parecen enterarse, sabía que la vida hay que tomársela con las dosis justas de seriedad, con una paciencia activa, sabía que los optimistas y apasionados no encajan bien los golpes, no tienen una buena defensa, y los pesimistas depresivos se caen a la lona antes de que empiece el combate, y se quedan allí tirados hasta que el estadio se vacía, esperando a que alguien venga a por ellos.
Hunter estaba pensando, su whiskey se acababa, pero no tenía importancia, el abuelo de la última mesa estaba a punto de levantarse, siempre lo hacía a la misma hora, luego volvería a su casa por el callejón, como hacía siempre, los ancianos se aferran a la rutina como un niño a su juguete preferido, como si pretendiesen así aburrir a la muerte, y verdaderamente a Hunter le aburría esa actitud, pero éste era su trabajo, el viejo tenía aspecto de bonachón, pero el chico era un tipo muy serio en su oficio, las preguntas carecen de interés, no quería saber nada de sus victimas. Limpio, rápido y sin extravagancias absurdas.
Nadie lo diría, o tal vez sí, el barman miraba a Hunter con extrañeza, en un primer vistazo su rostro lo dejaba claro, un bobo ingenuo, con sonrisa de tarado, que ha perdido su trabajo y va a buscar respuestas en el fondo de un vaso de whiskey al primer derechazo que le da la vida. Pero en un segundo vistazo, algo cambiaba, sus ojos eran enigmáticos, como los de un viejo zorro, su sonrisa era pura, inocente y al mismo tiempo sabia, con una aureola de apatía, de despreocupación, una despreocupación que le otorgaba una inteligencia superior con respecto a los allí presentes. Sí, hay cosas que importan, pero no lo suficiente como para que destruyan mi vida, solo yo tengo derecho a hacer eso.
El anciano se levantó, y Hunter notó un pequeño resquemor en el estómago, se sonrió, era su fuerza de voluntad, su absoluta seguridad, su fe en sí mismo, porque ahí estaba el secreto, en su fe, en la total confianza que ponía en cada uno de sus actos. Y es que, mientras que la mayor parte de la humanidad, a puesto siempre su fe a disposición de credos, dogmas o religiones con las que llenar sus huecas existencias, el joven Hunter cubría de fe cada poro de su cuerpo, cada pensamiento, cada movimiento, todo.
Por eso tenía a ese anciano balbuceante a escasos metros de distancia, por eso realizaba una media de cuatro trabajitos al día, mientras que Matty y el pobre Jimmy “el tuerto” se emborrachaban en la cantina de Joe, sin nada más que hacer.
Por este motivo, a pesar de la simpleza casi autista que parecía desprenderse del chaval, a pesar de sus gestos torpes y bobos, Hunter era el mejor en su oficio, sin dudas, sin remordimientos, carente de toda moral, sin miedo, siempre colmado de fe y seguridad en sí mismo. Es cierto, su oficio era cruel y despiadado, pero él no había hecho las normas, no era un santo, pero lo que hacía lo hacía a la perfección, el mejor del gremio.
Esa era la única virtud que poseía el bobo de Hunter, su fe. Je, no sé qué pensaría nuestro párroco, pero esto era así, el gangster ideal había de ser un gangster lleno de fe, la misma que pedía a sus fieles cada domingo, y es que todo tiene dos caras.
Cuando Hunter dobló la esquina, el viejo estaba a punto de salir del callejón e introducirse en la avenida, un disparo en la nuca lo impidió, era muy temprano, apenas se oyó, limpio y rápido.
Los que pierden el miedo conocen la fuerza aterradora de la fe.
El whiskey empezaba a sorber el hielo de su segunda copa, era hora de volver al tugurio.


Ilustración: Vicentedamián

Texto: Moisés Rocamora