viernes, 10 de febrero de 2012

El Emperador




Desde que tengo uso de razón siempre he sabido cual sería mi destino. Mi corazón ha vislumbrado desde muy temprana edad cual habría de ser el camino a seguir. Emperador, he estado toda mi existencia preparándome para ser Emperador, el mejor de todo el reino Zario. En las runas, en las predicciones de brujos y hechiceros y en los augurios de todo tipo de oráculos, la profecía se repetía una y otra vez. Por mis venas corría sangre de Emperador.

Sin embargo, ahora que lo soy, aborrezco este cargo. Cuando por fin he alcanzado mi destino, no puedo más que odiarlo con todo mi ser. He estado sumido en un estado de profunda confusión, he buscado respuestas en el fondo de una copa de vino, he sentido a mi cuerpo hundirse en los abismos. Pero ahora, dolorido todavía, empiezo a intuir un atisbo de luz al final del túnel

Solo los dioses pueden saber el esfuerzo supremo que he dedicado a la labor de Emperador. Desde que adquirí el cargo he luchado incesantemente por otorgarle lo mejor a mi reino. Con mis conquistas he extendido las fronteras de los zarios hasta donde alcanza la vista, he tratado de insuflar un sólido espíritu guerrero a mi pueblo, los he colmado de riquezas, les he hecho sentirse protegidos. Pero, a pesar de todo, a pesar de la devoción que todavía hoy inspiro en casi la totalidad de los zarios. Tan solo he encontrado un premio en lo más profundo de mi alma… Insatisfacción, la insatisfacción más inmensa que pueda llegar a experimentar ser alguno, un negro resquemor que se extiende por mí espíritu como un enjambre de moscas sobre un cadáver en descomposición. La sensación clara e implacable de vivir engañado, de estar actuando contra los designios de la madre naturaleza.

Aun hoy sigo confundido, herido, pues las palabras del viejo brujo me han desgarrado la piel más que ninguna espada en las mil y una batallas que he librado a lo largo de mi vida.

Hace ya varios meses que, tras conquistar prácticamente todo el mundo conocido. El tiempo de paz ha propiciado que, al mismo tiempo que se ha ido formando oxido en el filo de mi espada, la confusión y el cuestionamiento continúo del valor real de mi cargo hayan ido brotando desde la mas oculta raíz de mí ser.

Con la finalidad de poner algo de orden en el caos de mi mente, cientos de consejeros, brujos, amigos y amantes se han sentado a mi lado, frente a esta misma chimenea incandescente, para intentar ayudarme, para consolarme, para aconsejarme, para tratar de hacerme salir de este supremo estado de insatisfacción en el que me hallo. Sin embargo, entre falsos halagos, apatía y reproches absurdos no he encontrado nada que alivie esta profunda y repentina herida que me esta partiendo en dos.

A pesar de todo, hace dos días, uno de los cuatro bufones que tenemos en la corte, uno de los más jóvenes y risueños. Se acerco sigilosamente a mí y me susurro al oído que sabía quien podía ayudarme. –El viejo brujo Tboros, un hechicero ermitaño cuyos actos, gestos y palabras quizá puedan ser un faro de luz en el tumultuoso océano de su interior, estimado Emperador-. Y, efectivamente así ha sido, las palabras surgidas de la garganta de Tboros me han cambiado por completo, sigo sufriendo, pero ahora voy empezando lentamente a asimilarlo todo, todo parece encajar nuevamente en mi cerebro, vuelvo a ver un horizonte al final de mi camino.

Ya no tenía nada que perder, de modo que seguí los consejos de un bufón y le pedí que trajese ante mí al viejo brujo. Esta misma mañana hemos conversado y ahora quizá el escribir sobre ello me ayude a asimilar todo lo oído. Lo cierto es que el brujo dista mucho, en esencia, del común de los mortales. De su semblante, de su forma de caminar y de moverse y sobretodo de sus grandes y expresivos ojos se desprende una tenue aura de sabiduría, de fuerza, de equilibrio y de poder. Su sola presencia es capaz de enriquecer y curar los espíritus.

Nada mas llegar, nos sentamos el uno frente al otro y, con el fuego como único testigo, fui narrándole mi vida hasta este día y exponiéndole todo aquello que estrangulaba mi alma y me sumía en la confusión. Tras escucharme con atención, acarició con suavidad mi frente y comenzó a expresarme su opinión:

-En uno de tus sentimientos, en una de tus emociones esta la clave de todo mi querido amigo. Me has dicho que tienes la sensación de estar actuando contra los designios de la madre naturaleza. Y eso es precisamente lo que estás haciendo. Ahí tienes la respuesta. Te consideras Emperador, pero ¿Emperador de quién? Veras, la naturaleza tiene unos planes para el ser humano que muchos de nosotros todavía no alcanzamos a comprender plenamente. Somos, a pesar de nuestros errores, el animal más perfecto y evolucionado del planeta, y esa evolución, aunque no nos percatemos, continua avanzando día a día.

Y es esa misma evolución la que te ha sumido en la confusión, la que te hace sentir que actúas contra natura. Tu espíritu se ha hecho consciente de algo que tu mente todavía no comprende. Tu fuero interno ha comprendido que, por ley natural, el ser humano ha de seguir avanzando, mejorando, perfeccionándose. Y para ello ha de convertir su propia individualidad en un arma, en un medio para llegar a un fin, al siguiente paso evolutivo.

Puede parecerte complicado de entender, pero es más sencillo de lo que crees. La madre naturaleza te ha hecho evolucionar y estás empezando a comprender que un ser evolucionado como tu, no puede ostentar el cargo de Emperador, no puede someter a nadie bajo su mandato, no puede someterse a jueces ni leyes que no sean las que les dicta su alma. Un ser evolucionado no necesita Emperadores, ni reyes, ni dioses, ni leyes, porque el es su propio Emperador, porque el es su propio rey, porque el es su propio Dios y porque el tiene su propia ética y su propia moral, su propia concepción del bien y del mal, una concepción creada mediante sus experiencias en la vida y, en base a la cual, ha formulado sus propias leyes.

Y, por supuesto, un ser evolucionado sabe que no hay mayor atrocidad, que no existe mayor crimen contra la libertad humana, mayor agravio a nuestra esencia que el representar a otra persona en su nombre, que actuar por el, que pensar por el. Tal y como tu haces con el pueblo Zario.

Todos necesitamos un tutor, un guía o unos padres que nos educen, que nos ayuden a forjar nuestra personalidad y que nos ofrezcan armas con las que afrontar la batalla de la vida. Pero, una vez llegados a la madurez, la figura de ese tutor o guía se hace totalmente innecesaria, el joven halcón ha de abandonar el nido, no existe ley más natural que esta.

Sin embargo, tú actúas contra esa ley natural, te crees el padre del pueblo Zario, crees que con tus conquistas les has dado la libertad. Pero en realidad, lo único que has hecho es construirles una jaula de oro. Si te quieren es porque les has creado dependencia de ti. Al gobernarles, al representarles, al actuar y pensar por ellos. Has convertido al pueblo Zario en una masa de seres incapaces de coger las riendas de su existencia.

En el fondo todo esto que te acabo de decir, es algo que ya sabes. Quizá ahora que lo acabas de escuchar en voz alta, termines de asumirlo plenamente.

Desde que ceso la voz de Tboros, sus palabras no han dejado de transformar mi interior. Hasta que ahora, al terminar de escribirlas con pulso tembloroso, de un modo totalmente repentino, una chispa se ha encendido en mi, acabo de tomar una decisión, tal vez ya la tuviese tomada desde hace meses, pero es ahora cuando me decido a formularla. Abandono mi cargo de Emperador. Se muy bien que para mi circulo de familiares y amigos y, sobretodo, para el pueblo Zario resultará algo incomprensible, un verdadero ataque de locura. Pero os puedo asegurar que en toda mi vida jamás me he sentido tan cuerdo y dueño de mi mismo como en este instante.

Desde el día de hoy tengo un nuevo destino, una nueva meta. Dejo de ser el Emperador del pueblo Zario, para convertirme en el Emperador de mi propio interior. Después de todo, los oráculos no se equivocaron. Por mis venas corre sangre de Emperador.


Ilustración: vicentedamian

Texto: MoisESROCAmora

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