jueves, 7 de enero de 2010

Peculiaridad

-La gente quiere sentirse especial, cada uno quiere ser diferente al resto, tener cualquier don o peculiaridad que le haga sobresalir de la masa, y ahí precisamente es donde existe el riesgo, en la masa. Si ella no acepta tus peculiaridades, si no encajan dentro de cualquiera de sus estrechos parámetros, o simplemente no los comprende o los considera peligrosos, estas jodido, entonces puedes pasar de sentirte especial a sentirte un apestado con el que nadie quiere relacionarse. Aunque eso tiene una única solución... creértelo, creer en ti mismo, aceptarte, aceptar lo que eres sin pensar en nadie mas que en ti. Lo cual ofrece a su vez un pequeño problemilla, el ser uno mismo sin ningún tipo de mascara, conlleva soledad e incomprensión, y para asumir ambas cosas sin perder la cabeza, hace falta algo... cojones, cojones, ¡cojones!

Pero Philip no tenía cojones, noche tras noche se repetía este pensamiento, lo había memorizado, aprobado en teoría y perpetuo suspenso en práctica. Cada noche era un examen destinado al fracaso, un grito desesperado por ser aceptado, que nadie parecía oír.

Y es que el chico era especial, era un vampiro, la vergüenza de su raza, se decía continuamente. Un chupasangre con todas las de la ley, aprensión a la luz del día, a los ajos y a los crucifijos, y debilidad por la sangre fresca, la noche y los lugares cerrados.

A los quince años una hermosa joven le mordió en un sucio callejón. –Te concedo este don. Le dijo, una gran putada, pensaba el, jamás la volvió a ver, de vez en cuando la recordaba con una rara ternura. Pero Philip no era ningún romántico, no dormía en ningún ataúd, tenía un colchón y una almohada en el armario, no iba mordiendo a adolescentes por las noches, Lou, el viejo carnicero, les suministraba sangre de buey sin hacer preguntas. No tenía amigos, intentaba ser lo menos social posible, sabía que su peculiaridad no le permitiría nunca llevar una vida normal.

En ocasiones pensó en hacerse fan de Bram Stoker, de Bela Lugosi, de Christopher Lee y de todo lo relacionado con el vampirismo, para tratar así de encontrarle algún tipo de glamour o interés a su condición, pero nunca funciono, definitivamente Philip no era ningún romántico, no tenía interés por nada, nada le motivaba, y para colmo no tenía cojones.

-Puta mierda, “en la vida hay que tener cojones muchacho, hay que ser fuerte”, siempre la misma historia, “hay que ser fuerte, hay que ser fuerte”, ¿y los débiles?, ¿qué pasa con ellos?, la vida es como el teniente sin escrúpulos de un enorme ejercito, solo selecciona a los fuertes, y a los débiles los abandona a su suerte, los deja en tierra de nadie y son bombardeados por el enemigo. Puta mierda, la vida es una gran guerra y yo soy pacifista.

Pero Philip no era pacifista, Philip era un cobarde y el lo sabía, un chico totalmente hueco con el don de la inmortalidad, don que descubrió suicidándose, el peor momento para descubrir que uno no puede morir, de todos modos lo intentaba unas dos veces al año, por si acaso. –Mi vida carece de sentido y durara eternamente.

Sin embargo el sentido tenía nombre y apellidos, Linda Graham, y fue una noche al localucho donde trabajaba el joven vampiro. Un vampiro humorista, un chiste sin gracia, la vergüenza de los de su especie. Por razones insondables su patética autocompasión había llegado a tal extremo que, en esa cima apestosa de la cobardía y la frustración en la que se encontraba, hallo un don, su único don verdadero, el de hacer reír, reírse de todos y principalmente de sí mismo. Un trabajo nocturno, dos actuaciones de media hora, y un sueldo aceptable, no estaba mal para un vampiro adolescente sin autoestima y esclavo de su eterna peculiaridad. La gente se divertía con el, debido seguramente a una extraña mezcla de humor y compasión. Aunque, al final de cada actuación, Philip se sentía como una vieja marioneta, como el peluche favorito de un niño cuando es sustituido por otro nuevo y lanzado a la basura, así se sentía, lanzado a la basura noche tras noche, les divertía durante un rato y luego le olvidaban por completo y le sustituían por otro, alguien inmortal destinado a no perdurar en el recuerdo de nadie.

Linda Graham, llevaba un par de semanas viniendo a cada actuación del vampiro, estaba claro que solo venía a verlo a el. Era una mujer cercana a los cuarenta, dueña y señora de esa rara belleza que funde a la perfección la inocencia y la candidez de la juventud, con la sabiduría y la armonía de la edad adulta. De su cuerpo curvilíneo surgía una magnética mezcla de glamour y sencillez, todo un enigma para el amargado de Philip, y al mismo tiempo, su salvación.

La mujer solo tenía ojos para el chico, continuamente buscaba su mirada temerosa, le sonreía, le guiñaba el ojo, pero este era demasiado cobarde para hacer nada al respecto, empezó a soñar con ella durante todo el día, se estaba enamorando, ¡increíble! se dijo. Por lo menos tenía la capacidad de amar.

Los sueños fueron el principio de todo, estos se fueron volviendo cada vez mas extraños, imágenes y sensaciones nunca antes vistas ni sentidas se colaban inesperadamente en sus sesiones imaginarias de sexo y amor con Linda a la luz de las velas, el firmamento sin fin, un hombre desnudo despedazando a un extraño animal con sus propias manos, su propio cuerpo desapareciendo ante el, y mil y una visiones mas que no conseguía recordar. Tan solo una frase se mantuvo en su cerebro al despertarse un día en la oscuridad de su armario, un pensamiento que se sorprendio de pensar. –Soy inmortal, por lo tanto necesito algo inmortal que llene mi vida ¡El amor!

Esta reflexión fue el pistoletazo de salida para una serie de inexplicables cambios en el interior del vampiro, de pronto se sentía fuerte, seguro de sí mismo, la sangre le hervía por todo el cuerpo, sentía un amor desbocado por todo lo que le rodeaba, pero al mismo tiempo tenía la necesidad enfermiza de sangre y violencia... era la hora de pasar a la acción.

Linda le sonrió una noche al acabar su actuación, era una sonrisa especial, distinta a todas las que había mostrado hasta ahora, Philip lo noto al instante, después la mujer movió sensualmente sus labios y susurro Te quiero, para sus adentros, el corazón del chico lo oyó, estaba a punto de estallar.

Minutos después, el vampiro mas cobarde de la historia conjuro de la nada un valor inexplicable y se planto ante su amada, Linda sonreía segura de sí misma, no parecía sorprendida en absoluto. Se presentaron, tomaron varias copas, fumaron un cigarrillo tras otro, y hablaron, hablaron durante horas, contaron anécdotas divertidas, contaron episodios trágicos de su vida, pequeños detalles. De un modo espontáneo y natural cada uno fue mostrando su personalidad al otro sin ningún tipo de mascara, lloraron, rieron, y finalmente se dieron un intenso y ardiente beso en la soledad decadente del local, Philip se había enamorado.

Pero Philip ansiaba violencia, todo su ser clamaba a gritos borbotones de sangre fresca deslizándose espesa y ennegrecida por la piel de Linda, la amaba profundamente, pero al mismo tiempo se excitaba en macabros delirios en los que la descuartizaba y la engullía a salvajes mordiscos como si fuese una exquisita flor muerta. –La amo, la quiero matar, la amo, la quiero matar, la amo, la quiero matar. El chico se encontraba confundido, paralizado por una extraña mezcla de miedo y placer. –Para esto hace falta cojones, ¡cojones!

Dieron las dos de la madrugada, salieron a la calle, la gélida noche les aguardaba envuelta en una neblina abismal, caminaron en silencio agarrados de la mano.

-Ya no estas en tierra de nadie, has vuelto a entrar en el juego, ahora debes decidir si amarme o matarme.

Después de pronunciar estas palabras, Linda se detuvo y encendió un cigarrillo, su rostro perdió de súbito parte del candor que tenía hace un instante, Philip parecía haber dejado de respirar.

-¿Qué... que quieres decir?

-Las cosas funcionan así mi vida, no se puede ser neutral. La sociedad actual quiere que lo seamos, pero siempre surge un instinto opuesto que reactiva la batalla, nuestra naturaleza no nos permite ser neutrales.

Las palabras salían de su boca con una cadencia apagada y monótona, como si formaran parte de una rutina diaria mil veces repetida.

-¿De que estas hablando?

-¿Aun no lo sabes? Piensa en tu vida antes de que yo apareciese en ella, no era nada, habías perdido la capacidad de sentir, de amar, de odiar, solo eras un parásito mudo que veía pasar los días con total indiferencia, una rata cobarde escondida en su madriguera, estabas en tierra de nadie, eras un muerto que respiraba. Piensa en ello, jum, un vampiro humorista, ¿dónde se había visto eso?

-¿Cómo sabes todo eso?

Philip empezó a temblar, su semblante cambio por completo, la tensión pareció iluminarle los ojos.

-No lo se, pero me lo imagino, la historia siempre se repite. Como te he dicho antes, estabas en tierra de nadie, incapaz de sentir nada. Entonces aparecí yo y desperté tu bondad, el bien (tu amor hacia mi), lo cual, a su vez, y por ley natural, despertó a tu opuesto, tu maldad, el mal (el vampiro), y de este modo... vuelves a sentir, vuelves a estar vivo, vuelves a la batalla.

Philip sonrió, la luna se reflejo en uno de sus colmillos.

-¿Quién eres realmente?

Linda apago el cigarrillo y perdió su mirada en la penumbra.

-Un arquetipo, supongo, en realidad no lo se, siempre adquiero distintas formas, aunque muy parecidas en el fondo, tu me has creado, tu lo debes saber mejor que yo.

Se observaron sin mediar palabra, el rostro del vampiro palideció.

-Ya empiezo a comprender.

-Ahora ya podrás aceptar tu don, ahora mostraras tu peculiaridad al mundo sin ningún temor.

-Je,... si puede darme mucho juego para la actuación de mañana.

Se hizo un silencio, segundos después Philip se abalanzo sobre Linda, esta lanzo una carcajada que se ahogo en la negrura de la noche.


Ilustración: vicentedamian

Texto: Moisés Rocamora