lunes, 3 de mayo de 2010

El lobo sin fin

Según narran algunas viejas leyendas que el hombre ya ha olvidado. Hace millones de años, mucho antes de que los seres humanos poblásemos la tierra, nuestro planeta estaba habitado por lobos, ellos eran la especie dominante. Existían dos clases, los negros y los blancos, también conocidos como lobos de la oscuridad y lobos de la luz.
Ambas variedades estaban siempre en conflicto, llevaban siglos librando una cruel batalla que parecía no tener fin. Desde su mismo nacimiento, las dos especies sentían un odio salvaje hacía sus hermanos de distinto color, y un deseo irrefrenable por destruirse unos a otros.
Pero alguien sacaba provecho de esta situación, el dragón sin fin, un perverso semi-dios surgido de los abismos más tenebrosos del universo, una gigantesca bestia negra que habitaba en los cielos y cuyas extremidades se perdían en las nubes sin conocer jamás un final. Este dragón se alimentaba del odio, el odio le hacía crecer y crecer sin parar, de este modo, debido a la eterna batalla entre los lobos y al devastador odio que de ella se desprendía, el dragón sin fin gozaba siempre de alimento para crecer y crecer.
Los lobos se daban cuenta de todo esto, sabían que con su absurda guerra no hacían mas que alimentar al dragón sin fin, cuyo gigantesco cuerpo había tapado ya el cielo sumiendo el planeta en la mas lóbrega oscuridad, pero aun así, a pesar de todo, no podían dejar de sentir odio hacía sus semejantes, eran incapaces de aplacar esa pasión irracional que les llevaba a devorarse entre ellos, ese oscuro instinto que parecía controlar cada poro de su cuerpo.
Pero un día todo cambio, en mitad de la batalla apareció un nuevo y sorprendente lobo, un hermoso animal mitad negro y mitad blanco, ambos colores se repartían equitativamente por todo su cuerpo sin que se pudiese saber donde acababa uno y donde empezaba otro, era altivo y fastuoso. Nadie lo esperaba, nadie sabía su origen, pero podía ser la prueba que demostrase que ambas especies podían convivir en armonía.
Poco a poco, el nuevo lobo hizo ver a sus hermanos lo absurdo e inútil de su interminable conflicto, un conflicto que tan solo les llevaría a la destrucción absoluta, pues, según las leyendas, si el dragón sin fin no dejaba de crecer, llegaría un día en que devoraría el planeta tierra con todos sus habitantes. Las palabras del animal, unidas a la atmósfera hipnotizante que creaba con su sola presencia, consiguieron apaciguar lentamente el instinto indomable que llevaba a los lobos a combatir y combatir sin cesar.
Días después ceso por fin la guerra, lentamente el dragón fue menguando su tamaño hasta diluirse entre las nubes, un resplandeciente sol volvió a bañar de luz el planeta, por fin llego la paz. Sin embargo, tras la alegría inicial, los lobos empezaron a sentirse vacíos por dentro, la tristeza se apodero de sus almas, llevaban siglos combatiendo entre sí, desde que venían al mundo eran lanzados al campo de batalla, de modo que no sabían hacer otra cosa más que destruirse entre ellos, solo con la batalla podían llenar sus vidas.
Llegados a este punto, aconteció lo inevitable, la guerra volvió a bañarlo todo de sangre, la batalla continuo. Sin que apenas nadie pudiese darse cuenta, la silueta del dragón sin fin apareció nuevamente en los cielos, su cuerpo volvió a crecer y crecer hasta oscurecerlo todo una vez más, el descomunal odio casi podía olerse en el ambiente. Estos acontecimientos llenaron de tristeza y frustración al lobo mitad negro y mitad blanco, también conocido como el lobo de la armonía, no podía creer que sus hermanos fuesen incapaces de controlar sus instintos y mantener así la paz. Sin embargo, tras días de sufrimiento, afronto y asumió la pena que sentía y tomo una decisión, la única que podía tomar. Se marcho, el lobo mitad luz y mitad oscuridad dejo atrás a sus hermanos y se fue lejos de allí.
En su viaje, recorrió todo el mundo, escaló montañas, contempló los astros, lloró, rió, vivió una vida plena y disfrutó cada instante de su existencia, ni un solo día dejó de aprender, de hacerse mas sabio, aprendió los mecanismos secretos de la naturaleza, cultivo su cuerpo y su mente, y sintió toda la energía del universo brotar en su interior.
Hasta que una noche, mientras contemplaba fijamente la luna llena y aullaba de felicidad, su cuerpo empezó a crecer, de un modo inesperado sus extremidades se fueron alargando velozmente, después subió hasta el cielo y allí continúo creciendo, en pocos instantes sus cuatro patas fueron extendiéndose y extendiéndose hasta perderse bajo el cielo estrellado, se estaba convirtiendo en un lobo sin fin.
Una vez se hubo transformado, el antiguo lobo de la armonía, ahora convertido en un lobo sin fin, se desplazo por los cielos con un objetivo concreto, el dragón sin fin. Una vez frente a el, y tan solo con su presencia, el negro dragón se desintegro preso de un terror incontrolable, el poder de este nuevo ser sin fin parecía ilimitado.
Cuando sus hermanos vieron en lo que se había convertido, cesaron rápidamente la guerra, no podían dar crédito a lo que veían sus ojos, su hermano el lobo de la armonía, se había convertido en un lobo sin fin, su presencia hacía brillar el ancho cielo, daba la impresión de que las nubes se sentían felices con la llegada de aquel nuevo huésped.
Este acontecimiento totalmente inesperado, hizo que todo empezase a cambiar lentamente. El observar aquel hermoso lobo día y noche navegando por los cielos, sirvió a las dos clases de animales como ejemplo de lo que podían llegar a conseguir con esfuerzo, con tan solo mirarlo comprendieron que con tesón serian capaces de controlar su odio y de seguir el sendero de la armonía, pues este lobo sin fin se alimentaba de odio, pero también de amor, de alegría, tristeza y cualquier otra emoción que lobos blancos y negros pudiesen experimentar.
De esta manera, el esfuerzo y la lucha de un solo ser hizo que finalizase por fin la eterna batalla entre los lobos y que todo se mantuviese en perfecto equilibrio.


Ilustración: Vicentedamian

Texto: Moisés Rocamora