domingo, 17 de mayo de 2009

La Ciénaga

Y tristemente caminaba. Arrastraba sus pesados pies, siempre con la sensación de que sus fuerzas le iban a traicionar, e iba a caer; pero no, como sonámbulo, seguía andando; un pie tras otro, y otra vez el primero y otra vez el segundo, tambaleándose de una forma monótona y rítmica, de izquierda a derecha. Y a cada paso, cerraba los ojos, no queriendo ver dónde pisaba, no queriendo ver si pisaba a alguien, a alguien agonizante que se arrastrara pidiendo clemencia, a alguien que no hubiera podido seguir caminando, a alguien al que le hubieran traicionado las fuerzas. Y así, cuando sentía bajo sus cansados pies la ruptura, el crujir de unos huesos ya podridos y el gemido final de un cadáver, inspiraba honda, profundamente, apretaba los dientes y gritaba hasta sentir que la garganta se le desgarraba y su vista se nublaba de aguas saladas y su laberíntica alma se perdía más en sí misma y sus piernas temblaban y su caminar se hacía más pesado, como si sus extremidades ya estuvieran muertas, como si su vida se fuera consumiendo, como si su cuerpo estuviera podrido en alguna parte, en algún lugar que, lentamente, iba pudriendo el resto.

Y tristemente caminaba. Cabizbajo, sin un por qué, sin un a dónde, sólo guiado por voces confusas, lejanas y apagadas. Alzaba la cabeza y la niebla lo rodeaba. Volvía a bajar la vista y veía sus incansables y cansados pies, bañados en pena, suplicando que se acabase su martirio, rogando morir o vivir, pero no seguir por más tiempo en aquel punto central, en aquella frontera que sólo habitan las sombras, aquella frontera que ni vivos ni muertos desean, porque odian y desprecian, olvidando que, alguna vez, pueden caer en ella.

Y tristemente caminaba. Poco a poco la tierra se hacía más blanda, como se ablanda la tierra removida de un cementerio donde la población aumentase rápidamente; veloz como la sangre que fluye y, a cada latido, la tierra más ensangrentada, porque su cuerpo se iba vaciando del líquido vital, sin saber dónde estaba la herida, la profunda herida, de la que manaba la sangre. No lo sabía, pero ésta se encontraba en lo más profundo de su recóndita y mohosa alma.

Y tristemente caminaba. Y el obstáculo fatal se acercaba más, irremediablemente iba a tropezar, iba a caer en aquel barrizal; pero no podía detenerse; un pie y luego el otro, y otra vez el primero y otra vez el segundo. De pronto, encontró el obstáculo, que allí lo esperaba, y cayó, lentamente, recordando su triste caminar, su pisar y su seguir adelante; y caía en un infinito, en un pozo oscuro y sin topetazo final, en un suave morir, en un terrible caer, deseando llegar ya para acabar de una vez, y caer y caer. Poco a poco, comenzó a ver el lugar, el sitio donde su alma encontraría reposo: la ciénaga; esa tierra húmeda y pegajosa, formada por tierra de cementerio y sangre, que lo tapó, lo cubrió con su letal manto, sin dejar rastro, haciendo imposible saber que por allí, alguna vez, alguien había caminado tristemente.

Texto: J. A. Ruiz Hernández
Ilustración: vicentedamián

2 comentarios:

  1. ¿Es una metáfora?, jejeje, porque hay zombies así como esos caminando sin tropezarse nunca... mientras otros que no lo somos, buscamos el tierno cobijo de nuestra "ciénega".
    Oscuras y Revolucionarias Reverencias.

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